Dinero y Dinar

© Justo Fernández López www.hispanoteca.eu

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El DRAE da como etimología dinero de denarius. Dinar de denarius , al igual que los diccionarios catalanes dan diner derivado de denarius, en francés (aunque hoy en día utilizan argent) tienen denier, el italiano denaro y en portugués dinheiro. Más bien que arabismo (como he leído por algún lado de la red) yo creo que la palabra pudo haber evolucionado de forma regular directamente del latín, aunque mi pregunta es la siguiente:  ¿Por qué evolucionó denarius a dinero y no *denero?  ¿Pudo deberse a algún cruce con el árabe dinar?

La palabra dinero procede del latín denarius, derivado del adjetivo distributivo deni (‘cada diez’), derivado del numeral decem (‘diez’). De la misma etimología latina procede el dinar árabe.

De modo que la palabra española dinero, así como la árabe dinar provienen del latín denarius. Dinero no es ningún arabismo, sino que, como usted muy bien dice, ha evolucionado de forma regular directamente del latín: La evolución de denarius > dinero se explica por la influencia de la yod y la inflexión de la e átona inicial (ver las citas más abajo).

Durante el Califato de Córdoba, en los territorios cristianos hispanos se usaron monedas hispanoárabes: el dinar (oro) y el dirhem (plata).

Alfonso VI (1040-1109), rey de León (1069-1109) y de Castilla (1072-1109), acuñó la primera moneda española: el denario regis, moneda de vellón (una aleación de plata y cobre). Este monarca fundó una casa de la moneda (= ceca) en Toledo y otra en León, donde se acuñaba la moneda regis.

La primera moneda de oro autóctona castellana fue el maravedí (imitación del dinar almorávide), acuñado por Alfonso VIII, en 1172.

En tiempos de Fernando III (1201-1252) el maravedí dejo de acuñarse y se acuñó la dobla de oro basada en el dinar almohade.

En Navarra, Aragón y Cataluña se había adoptado el sistema carolingio, basado en la plata. Durante varios siglos, hubo en estos reinos una unidad de cuento el sueldo y una moneda efectiva el dinero (denario).

«DINAR (del árabe “dinar”, del latín “denarius”).

DINERO (derivado del latín “denarius”, formado con “deni” y éste de “decem”.» [María Moliner: DUE, vol. 1, p. 1003]

«DINERO, 1081. Del lat. DENARIUS ‘moneda de plata que había valido diez ases’ (derivado de DENI ‘cada diez’, y éste de DECEM ‘diez’).»

[Corominas, Joan: Breve diccionario etimológico de la lengua española. Madrid: Gredos, 1987, p. 215]

dinar. (Del ár. clás. dīnār, y este del lat. denarĭus, denario, moneda romana).

1. m. Moneda árabe de oro, que se acuñó desde fines del siglo VII, y cuyo peso era de poco más de cuatro gramos.

2. m. Moneda y unidad monetaria de Argelia, Bahréin, Iraq, Jordania, Kuwait, Libia, Túnez, el Yemen y Yugoslavia.

3. m. Moneda imaginaria persa. [DRAE]

dinero. (Del lat. denarĭus).

1.    m. Moneda corriente. [DRAE]

denario, ria. (Del lat. denarĭus).

1. adj. Que se refiere al número diez o lo contiene. U. m. c. s. m.

2. m. Moneda romana de plata, equivalente a diez ases o cuatro sestercios.

3. m. Moneda romana de oro, que valía 100 sestercios. [DRAE]

«Influencia de la yod:

Hemos dicho que la a latina acentuada, cualquiera que sea su cantidad, permanece en español: matre > madre, aetate > edad. Pero si la a va seguida de i, ambas vocales tienden a aproximarse entre sí, cerrándose la primera y abriéndose la segunda. De esta aproximación mutua resulta la vocal intermedia e: laicu > lego. Puede ocurrir que la i no esté en contacto inmediato con la a, sino que se halle en la sílaba siguiente y pase atraída a la sílaba acentuada, p. ej., basiu > *baisu > beso; primariu > *primairu > primero. [...]

Llamamos yod, por consiguiente, a todo sonido de i semivocal o semiconsonante; a toda e en hiato, y a la i desarrollada por la articulación de las consonantes palatales.

La influencia de la yod se deja sentir, no sólo en la a, sino también en las demás vocales. Su articulación cerrada se propaga a las vocales que la preceden, y de este modo, las que debieran ser abiertas en latín vulgar, quedan cerradas y evolucionan como tales.

Por esto la ě y la ŏ, que diptongan en ie, ue (serra > sierra, mŏrte > muerte), no pueden diptongar cuando van seguidas de yod: pěctu > pecho, těneo > tengo, nŏcte > noche, fŏlia > hoja. Ésta es la excepción castellana más importante a la ley de diptongación de ambas vocales.»

[Gili Gaya, Samuel: Nociones de gramática histórica española. Barcelona: Biblograf, 1983, p. 43-44]

«La e átona inicial suele perdudar como /e/: seniore > señor; securu > seguro.

Pero puede ser inflexionada por una yod o una wau:

caementu > cimiento

renione > riñón

cereola > ciruela

aequale > igual

Es inflexión afectaba incluso a los cultismos en el Siglo de Oro, diciéndose lición o quistión, de este cierre nos quedan palabras como lisiar, afición, etc. Incluso hoy perdura la tendencia al cierre en palabras como tiniente.»

[Ariza Viguera, Manuel: Manual de fonología histórica del español. Madrid: Síntesis, 1995, p. 61-62]

Ver también otro ejemplo: latín "decembre" > castellano diciembre.

«Inflexión

1.   Morfema que se añade a la raíz para constituir el tema: así, la i de ag-i-mus, ab en cant-áb-a-mos, etc.

2.   Inflexión vocálica [A. Umlaut; I. Mutation; F. Métaphonie]. Alteración del timbre de una vocal por influencia de una vocal, semivocal o semiconsonante siguientes : latín f e c i, por influjo de –i cambió su e en i: hice. Es frecuente la inflexión de yod; así la o tónica, que no diptonga en aragonés, lo hace bajo el influjo de una yod: p ŏ d i u > aragonés pueyo. La inflexión puede consistir en la detención o en el impedimento de un fenómeno que se produciría sin presencia de la yod. Así, en castellano, la e breve tónica diptonga, si no va seguida de yod; n e b u l a da niebla, pero l e c t u da lecho (>leito). Vid. Metafonía.

3.   A. Bello llama inflexión a la desinencia, según uso normal entre muchos lingüistas extranjeros.

4.   Cada una de las variaciones que experimenta la entonación

[Lázaro Carreter, F.: Diccionario de términos filológicos. Madrid: Gredos, 1981. S. 238]

«En el transcurso del siglo XVI van desapareciendo las vacilaciones de timbre en las vocales no acentuadas. Valdés prefiere las formas modernas vanidad, invernar, aliviar, abundar, cubrir, ruido, a las vulgares vanedad, envernar, aleviar, abondar, cobrir, roído; pero en los manuscritos del Diálogo de la lengua aparece intelegible; el Lazarillo usa recebir; Santa Teresa hecistes, mormorar, sepoltura, y Ribadeneyra, escrebir. El extremo contrario, consistente en el empleo excesivo de i, u, no sólo dura todo el siglo XVI (quiriendo, sujuzgar, puniendo en Valdés; sigún, siguro, cerimonia, risidir en Santa Teresa), sino que algunos casos pentran en el siglo XVII: lición, perfición eran corrientes y afición llegó a perpetuarse.»

[Lapesa, Rafael: Historia de la lengua española.  Madrid: Escelicer, 1968, p. 243-244]