Hispanoteca - Lengua y Cultura hispanas

 

Textos periodísticos - 2

(comp.) Justo Fernández López

Lengua española

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Hagan caso a Nadine Gordimer

 

SOLEDAD GALLEGO-DÍAZ

 

Algunos economistas acusan a algunos de sus colegas de pretender que la economía sea la única ciencia en la que se acepte que el fin justifica los medios. El objetivo de ser competitivos en un mundo globalizado pasaría por encima de los medios necesarios para conseguirlo. Para esos críticos, la exclusión de sectores sociales cada vez más amplios es uno de esos medios, por lo menos mientras no afecte a la seguridad del sistema capitalista en su conjunto. Los criticados aseguran que la exclusión social no es un „medio“, sino una consecuencia y que el medio para luchar contra ello es, fundamentalmente, el crecimiento económico sostenido.

Afortunadamente, el debate sobre los fines y los medios de la economía no está muerto, como creyeron algunos defensores del pensamiento único. Cada vez se oyen más voces descontentas que niegan, por ejemplo, que el crecimiento económico sea suficiente para luchar contra el desempleo, especialmente cuando las repetidas crisis demuestran que cuanto más compleja y mundializada es una economía más difícil es asegurar que podrá mantener firme ese crecimiento.

Lo maravilloso del debate es que cada día participan más personas, y no sólo grandes especialistas. Reconforta saber que escritores, pintores, músicos, sociólogos o filósofos están también preocupados por el tema. Da ánimos comprobar que una novelista como Nadine Gordimer o un dramaturgo como Harold Pinter aconsejan pasar las Navidades leyendo libros sobre la relación entre el fin del comunismo y los cambios económicos experimentados en el mundo occidental („The crisis of communism and the end of East Germany“, de Charles Maier, recomendado por Gordimer) o sobre el papel de las corporaciones internacionales en la sistemática asfixia de cualquier pensamiento crítico („Global Spin,“ de Sharon Beder, altamente valorado por Pinter).

Intelectuales, escritores y artistas se están preocupando -como no lo hacían desde hace muchos años- por buscar información y análisis sobre la situación económica mundial, que les permita contrastar los discursos dominantes y expresar sus propias opiniones. Al mismo tiempo, animan a los ciudadanos para que sigan ese camino y busquen un equilibrio entre los cambios que están en marcha, o se avecinan, y el ejercicio de la democracia.

Dado que en nuestro caso, a poco más de un año de la Unión Económica y Monetaria y con un horizonte inmediato de ampliación a varios países del Este, el marco de debate es cada vez más el europeo, no está de más aconsejar otra lectura, el artículo sobre „El déficit democrático de la UE“, que publica el sociólogo Ignacio Sánchez-Cuenca en el último número de la revista Claves.

Se trata de un trabajo especialmente sistemático y claro sobre un problema del que se habla muy poco en los Consejos Europeos y sobre el que existen pocas aproximaciones teóricas. Sánchez-Cuenca llega a la conclusión de que «la colusión de los gobiernos nacionales en el plano europeo, posibilitada por una forma de hacer política que ni es nacional ni es federal, representa un ejercicio arbitrario del poder y por tanto una democracia depauperada». La UE, afirma, debe moverse en alguna dirección: «Hacia atrás, hacia una coordinación más descentralizada de las políticas nacionales; o hacia delante, hacia una integración más federal». Lo único que no debe hacer, desde un punto de vista democrático, es quedarse como está.

Hagan caso a Nadine Gordimer y a Harold Pinter y estas Navidades cambien novelas o teatro por libros sobre economía y la UE. Son igual de apasionantes y, además, van a necesitarlos.

 

Escenografía y figurines

 

EDUARDO HARO TECGLEN

 

Se estrenó hace 30 años: su contenido tiene hoy el mismo valor, aunque distintos accesorios literarios hayan quedado antiguos. El director, Manuel Canseco, que ha hecho muy bien su trabajo, insiste en el programa en calificar este suceso de «estreno» porque permite «diferentes planteamientos». Cree él que la guerra civil nos queda ya lejana; recoge de la obra «dos actitudes vitales de una nueva generación» y asegura que «no es la historia de un padre anclado en su pasado y aislado en el mundo». Sin embargo, prevalece el texto de Buero, que no contiene semejantes cosas. Pareció que lo confirmaba él mismo en sus palabras finales, para responder a las ovaciones, al insistir en su condición de «compromiso» -militante- y que no se trataba de un estreno, sino de una reposición. Tiene interés en señalar que nunca reforma sus obras: tales como las escribió deben prevalecer. Lo que en esta obra se cuenta es una historia de la guerra en su momento final, y de la posguerra en que se desarrolla. Es la parábola eterna de los dos hermanos: el rico y el pobre. En el compromiso de Buero, el que ha actuado con honestidad y ha permanecido fiel a su idea, a su familia, a su claridad de juicio, y el logrero que lo es ya desde el principio -que se revela al final-, que pasa sobre quien sea para llegar a su riqueza. Está claro de parte de quién está Buero aunque dé algunas frases, algunos comentarios, al otro, para que se vea que es la vida la que le empujó a la traición a los suyos, y a todos. Esa dialéctica de los dos personajes no solamente es válida hoy, sino que lo fue en la tragedia clásica y en Adán y Eva, si se quiere.

Origen y sentido

Tampoco me parece que el padre es un puro anciano metido en la senilidad, sino que el autor ha querido que sus actos tengan un origen y un sentido, y aparece al final como el instrumento de la divinidad -por entrar en los términos de la tragedia- que castiga al culpable. Con la desaparición del hermano rico, la obra se resuelve: el hermano pobre se casa con la chica embarazada por el hermano rico, y el hogar queda tranquilo. No sólo para entonces, sino para el amplio futuro. Dos raros personajes que aparecen por los laterales, ya en origen y que ahora sobran aún más, cuando ya no hace falta ninguna reminiscencia distanciadora de las de Brecht, son los que cuentan la historia y al final predicen que en el siglo XXI, desde el que se supone que hablan y reconstruyen con un archivo la pequeñez que pasó en la posguerra española, no existirá ni España, sino que todo estará poblado de felices bosques. Un canto a la ecología, un compromiso hacia la ideología del futuro, cuando no haya ni pobres ni ricos. Nada hace suponer ahora que se vaya por ese camino, y lo que podría aparecer ante Buero como ideal salvador se ha hundido.

Los actores respondieron bien a sus papeles; la escenografía resolvió los tres escenarios simultáneos y el director no llevó sus ideas a alterar la obra del autor.

 

Mano dura

 

JUAN JOSÉ MILLÁS

 

El mendigo de mi esquina está feliz desde que sabe que el fútbol es un derecho fundamental; siempre soñó en su cama de cartones al aire libre con una sociedad igualitaria. Los responsables de „La Farola , „que es el „Financial Times“ de la pobreza, dedicarán, sin duda, un monográfico a esta nueva conquista de las clases desfavorecidas. Aunque lo que los mendigos necesitan es techo y trabajo, nadie ignora que para alcanzar ese horizonte de bienestar hay que ir poco a poco. Empecemos, pues, por lo posible, el fútbol, sin el que nadie en su sano juicio podría sobrevivir, y evolucionemos desde esos sólidos cimientos morales hacia un futuro en el que quizá el acceso al trabajo y a la casa lleguen a considerarse también derechos fundamentales para el ser humano.

Yo deseo que cuando ese día llegue, todavía esté de vicepresidente Álvarez Cascos. Observando la vehemencia rabiosa o hidrofóbica con la que defiende frente al capital nuestro derecho a ser narcotizados, puede uno imaginarse la ira con la que exigirá a los poderes económicos un trabajo y una vivienda digna para nuestros hijos. A este partido no le detiene nadie cuando lucha por una causa justa. Lo cómodo habría sido pactar con la realidad, como con Pujol, pero el Gobierno ha establecido una jerarquía de valores, unas prioridades que diría el otro, y ha comprendido que para construir una sociedad igualitaria hay que empezar por el derecho al fútbol, aunque sea preciso privatizar la sanidad o la enseñanza.

No me gustaría parecer radical, pero yo, en el caso de Aznar, iría todavía más lejos: obligaría por decreto a todos y cada uno de sus súbditos a ver un número equis de partidos por temporada. Sería horrible que él y su jauría se dejaran la piel en este asunto y que luego, el domingo, cambiáramos alegremente de canal. Mano dura.

 

La nueva Alemania y la vieja Rusia

 

IGNACIO SOTELO

 

Las relaciones entre la nueva Alemania y la decaída Federación Rusa constituyen sin duda uno de los factores básicos de la futura Europa: no en balde son las dos mayores potencias del continente, con una historia fluctuante que ha pasado de la colaboración con el tratado de Rapallo (1922) a la amistad mafiosa del pacto de 1939, para concluir con la invasión traicionera de la Unión Soviética en 1941, a la que sigue derrota, división de Alemania y guerra fría.

Pero el dato fundamental que inaugura una nueva era en las relaciones germano-rusas es que Alemania debe su unificación a la Unión Soviética de Gorbachov. Mientras que los aliados europeos -a la cabeza Francia y el Reino Unido- se mostraron harto tibios y preocupados, y aunque ciertamente Estados Unidos la apoyaba, pero con una condición que se sabía de antemano que nunca aceptaría la Unión Soviética, la pertenencia a la OTAN de la Alemania unida, el canciller Kohl y el presidente Gorbachov en julio de 1990 llegaron en el Cáucaso a un acuerdo que hizo posible la reunificación en las condiciones que pedían los aliados occidentales, incluyendo la salida de todas las tropas rusas de Alemania en el plazo de cuatro años.

Desde la unificación, Alemania ha llevado adelante una política de apoyo a Rusia, tanto en la escena internacional -la participación de Rusia con el status de observador en las conferencias de los Siete grandes y los acuerdos básicos establecidos con la Unión Europea se deben a iniciativa y presión alemanas- como en el interior: aparte de los préstamos facilitados a Rusia -Alemania es el primer país en este concepto- se han empezado a pagar las indemnizaciones a las víctimas del nazismo y es el primero en el apoyo económico a los proyectos de desarrollo y aquellos otros dirigidos a desmantelar las armas atómicas y químicas, además de haber cumplido escrupulosamente los acuerdos en lo que concierne a la construcción de viviendas para las tropas provenientes de Alemania. Rusia necesita la ayuda económica y tecnológica alemanas y Alemania está a largo plazo interesada en el enorme mercado potencial ruso, conscientes ambos países de que muchos problemas continentales sólo podrán resolverse en armonía y cooperación.

La política alemana parte del supuesto de que, a pesar de las dificultades actuales, Rusia es, y continuará siendo, una gran potencia, a la que conviene ayudar a salir a flote y no aprovecharse de su situación para debilitarla aún más, apoyando las posiciones antirrusas de algunos países de la Comunidad de Estados Independientes. En la guerra de Chechenia esta política ha tenido la brutal consecuencia de tolerar, y aún sostener, un genocidio.

El primer choque importante entre la Alemania unida y la Federación rusa ha ocurrido el 28 de septiembre de 1995, al hacerse oficial la intención de ampliar la OTAN. Alemania apoya la ampliación, en primer lugar, porque no puede oponerse a una exigencia que Estados Unidos considera esencial -la política de Estados Unidos respecto a Rusia difiere sustancialmente de la alemana- y, en segundo lugar, porque la ampliación es muy conveniente a los intereses estratégicos de Alemania: es una magnífica noticia saber que un día ya no será la frontera exterior de la OTAN, replegada a una retaguardia más cómoda. El problema radica en que una de las condiciones que puso la Unión Soviética para permitir que con la unificación de Alemania la frontera de la OTAN pasase del Elba al Oder es que no rebasase este punto.

 

Soluciones imaginativas

 

MIGUEL ÁNGEL AGUILAR

 

Hubo un tiempo en que el propósito mantenido por el Gobierno del PSOE de que España se incorporara con el grupo de cabeza a la última fase de la Unión Económica y Monetaria era descalificado desde la oposición por el PP con el argumento de que se trataba de un intento destinado al lucimiento personal de Felipe González a costa del sacrificio de los verdaderos intereses de los españoles de a pie. Luego, camino del Damasco electoral, José María Aznar y los suyos se cayeron del caballo y a partir de diciembre de 1995 comparecieron ante el Partido Popular europeo convocado en Madrid alistados bajo las mismas banderas. Primero la inminencia y después la asunción de responsabilidades de Gobierno tuvo el efecto de un Pentecostés, supuso una nueva comprensión de los objetivos europeos y la renuncia a los acariciados sueños de progreso en la marginalidad de proyectos como el de la moneda única. En Génova 13, sede del PP, llegó a comentarse que bastó la conversación de algunos expertos indígenas y el comienzo del trato anticipado con quienes terminarían recibiéndole como colega para que unas como escamas se cayeran de los ojos de Aznar y su ánimo se llenara de fervor en pro del cumplimiento de los criterios de Maastricht.

Todo sucede como si se hubiera convocado un concurso de ideas cuya aplicación permitiera subirse al primer tren. Perderlo parece un lujo fuera de nuestros alcances, acarrearía una grave penalización de los mercados, retraería la inversión extranjera, encarecería el pago de la deuda y nos convertiría en sujetos pasivos de decisiones perjudiciales tomadas en nuestra ausencia. Envuelto en la madeja de las ondas hertzianas el ciudadano recibe un bombardeo permanente de ocurrencias.

Una mañana se encuentra con el desinteresado brindis de un líder del nacionalismo catalán para que se añada una tasa a la factura del agua, otro día se propugna la imposición de peaje en las autovías o la introducción de un canon por el uso de receptores de radio o de televisión.

El propio Jordi Pujol ha prestado destacadas contribuciones a esta retahila de ocurrencias, de apariencia dispersa pero siempre del mismo signo, destinadas a mejorar nuestra aproximación a Maastricht. Sus valedores para evitar discriminaciones han ideado otras delicadezas dirigidas a los ancianos y a los enfermos. A los primeros se les ha tratado de fidelizar hacia el PP proclamando el mantenimiento del poder adquisitivo de las pensiones. Eso sí, al hacerlo se ha dejado en claro que ahora sus perceptores nada tienen que ver con aquel contingente de voto cautivo que tergiversaba los resultados electorales y favorecía el mantenimiento en el Gobierno de los desalojados socialistas. En cuanto a los enfermos, mientras se les facilita el próximo disfrute de las delicias y ventajas de la sanidad privada se les empieza a entrenar con el incremento del porcentaje de pago de las recetas del Insalud. Sería injusto atribuir todo este derroche de imaginación a unos cuantos zorroclocos -«tardos en sus acciones y que parecen bobos, pero que no se descuidan en su utilidad y provecho»- dado que esa fauna ya tenía un hábitat privilegiado con el gobierno del PSOE. Menos mal que, como subrayó un comentarista, en medio de los anuncios de congelación salarial para los funcionarios, de la elevación de los impuestos sobre el alcohol y el tabaco, del incremento del coste de la deuda pública y de otras variables desfavorables como la del consumo interno, trascendió hace días el esperanzador incremento en el primer semestre de los beneficios de los bancos a los que tanto debemos. Ojalá que las privatizaciones anunciadas supongan una nueva recuperación para todos ellos a la vuelta del verano, cuando todos podamos sentirnos ciudadanos de Quebec con un sistema de financiación autonómica.

 

A sus camitas

 

EDUARDO HARO TECGLEN 

 

Oí al Protagonista de España, Aznar -del Caudillo al Protagonista-, una de sus frases que escalofrían: «Los tiempos de los escándalos no volverán»: un tiempo después se recordará, cuando los escándalos sucedan.

¿Después? Estamos en pleno escándalo: de la grave, general, corrupción moral. No digo de las subvenciones que dio o no dio Serra, sino del mismo Serra con sus arreglillos políticos y sus trabajos clandestinos de encubrimiento. No digo de Vidal-Quadras, sino de todo lo que está en torno a él: de la traición de su partido a aquello por lo que le eligieron. El escándalo inconmensurable del tapujo vergonzoso de delitos de funcionarios, altos y bajos; de la forma de hacerle chantaje a la oposición. El escándalo Galindo. Veo que en este escándalo de lesa soberanía popular -hay inmunidad parlamentaria, lesa majestad, desacatos, etcétera: los delitos contra la ciudadanía no existen- que es el destrozo de la democracia hay quienes encuentran lógica. Puede haberla. Un Ovidio recuadrado -valor de editorial- de Abc dice que un periodista y un periódico pueden mantener sus posiciones después de las elecciones, pero que un presidente de Gobierno no está obligado a ello si necesita escaños para gobernar. Me parece terrorífico: no lo que dice Abc, sino que se haya convertido en realidad, en doctrina, cuando es un trabajo alevoso de salteadores de la democracia. Pienso seriamente que este Gobierno está agonizando; más aún, que esta forma de democracia está agonizando, como estuvo agonizando el franquismo diez o doce años. Entonces teníamos la esperanza como esperanza.

No veo la razón de que no tengamos la misma esperanza ahora: que cambie el sistema parlamentario, que desaparezcan en sus casas los diputados o senadores que han colaborado a este secuestro, que los partidos se abran a sus bases y a sus militantes, que no haya listas cerradas, que las ideologías no parezcan una estupidez, que las corrupciones materiales sean inmediatamente castigadas y que se produzca una nueva moralización de la vida pública. ¿Quién hace eso? En tiempo de Franco, la esperanza era la de que muriera el condenado sujeto. Ahora, ¿qué peste tendría que llegar un día de Pleno en el Parlamento para que se fueran todos a sus camitas?.

 

El sueño republicano

 

SANTOS JULIÁ

 

No está nada mal enterarse, cuando han pasado 20 años, de que la República fue el gran sacrificio del PCE en la firma del pacto constitucional. Olvidadizo o poco informado de la historia de su partido, el actual secretario general no recuerda o no sabe que los comunistas, como los socialistas y los anarquistas, no vienen de una tradición republicana.

Cuando la República se proclamó en abril de 1931, los escasos comunistas que había en Madrid irrumpieron en la Puerta del Sol encaramados a una camioneta al grito de «muera la República burguesa y vivan los Soviets». Para el PSOE, la República era estación de tránsito hacia el socialismo, nunca fin de trayecto. Si los comunistas la combatieron desde el instante en que nació, los socialistas organizaron una revolución contra ella, cuando sólo tenía cuatro años, acusándola de ser una Monarquía disfrazada con gorro frigio.

En cuanto a los anarquistas, no la dejaron respirar en ningún momento. Lamentablemente, la República no sólo tropezó en España con poderosos enemigos a la derecha: también abundaban, dispuestos a asaltarla con las armas, por la izquierda.

Más vale, pues, no inventar tradiciones y venir a los tiempos recientes. ¿Eran republicanos los socialistas y los comunistas en los años 70? Pues no, no lo eran; o, al menos, no a cualquier precio. Los primeros habían renunciado a la  restauración de la República desde su pacto de 1948 con los monárquicos. Todo lo que proyectó el PSOE, histórico o renovado, a partir de esa fecha daba por supuesto que la transición a la democracia se realizaría en España bajo la llamada «situación de hecho», o sea, un rey en la jefatura del Estado. El PCE, por su parte, no sólo había renunciado a la República, sino que empujó a don Juan para que declarara, como Gil Robles le aconsejaba 30 años antes, una especie de Gobierno-Regencia con el compromiso de convocar Cortes Constituyentes que, claro está, no someterían a discusión la Monarquía. Don Juan no se atrevió a dar el paso, pero no porque los comunistas no le animaran a darlo.

Lo hicieron porque habían formulado antes que nadie la tesis de que el problema en España no era de Monarquía o República, sino de Dictadura o Democracia. Para un comunista de los años 70 la cuestión de la forma política del Estado, si republicana o monárquica, carecía de sentido. ¿Por qué lo tiene súbitamente ahora? No porque la Monarquía se haya revelado como un obstáculo para la Democracia; tampoco porque exista una corriente de opinión, como la crecida durante el reinado de Alfonso XIII, que señale al Rey como el gran culpable del celebérrimo problema de España. La cosa, en realidad, no tiene nada que ver con la Monarquía o con la República, sino con el mismo partido comunista, que anda un tanto denostado después del estrepitoso fracaso de su política de conchabanza mediática con el PP para conseguir el sorpasso de los socialistas.

Julio Anguita creyó, en efecto, que un apabullante triunfo del  PP dejaría al PSOE destrozado y convertiría a Izquierda Unida en fuerza hegemónica de la oposición. Éstas eran las cuentas, mil veces echadas, pero los resultados quedaron tan lejos de lo esperado que lo han dejado desnudo, sin política, sin fuerza para ejercer una eficaz oposición al PP y sin valor para dirigir la marcha de sus huestes al encuentro con el PSOE. En estas circunstancias, era lógico que las aguas de esa coalición en las que gusta bañarse para disimular su desnudez comenzaran a bajar turbulentas: no todos los socios están dispuestos a sacrificar la realidad al deseo. Apresado así en las redes por él mismo trenzadas, Anguita no sabe qué hacer.

Y, como es un romántico, sueña: quiere ver la República antes de morir. A lo mejor, cuando despierte, en esta vida o en la otra, se da el hombre de bruces con el comunismo, que es el horizonte irrenunciable de todo comunista de verdad; no la República, última forma de dominación burguesa y capitalista. ¿O tan mal andamos de memoria?

 

La broma

 

ARCADI ESPADA

 

Tolosa, carnaval. Las charangas desfilan sin interrupción. El hombre llamado Arratibel oscila su batuta. Una máscara se acerca y le pone a ese hombre una pistola en la nuca. Arratibel va a desplomarse. Entre el disparo y la caída pasa el tiempo, un tiempo microscópico, infinitesimal. Pero de una densidad moral suficiente como para que los paisanos opinen: mira qué broma. Los paisanos podían haber opinado de cualquier otra forma, pero han elegido ésta. Una broma. ¿Por qué no iba a serlo? ¿Acaso no se da ese tipo de bromas en carnaval; acaso la muerte no es en febrero una impostación más; acaso al cabo del éxtasis no se acude en procesión grotesca a enterrar un cadáver, el apestoso cadáver... -es broma: ¡sólo una sardina!-, mientras la bruja se levanta incesantemente los refajos y se palpa el agujero negro y sulfuroso, el pan de higos? No se mueva nadie, que es una broma. Y es portentosa la eficacia con que la consigna se extiende: nadie se mueve. Todos sobre aviso. Arratibel, además, colabora: se ha tomado en serio su papel. Admirable Arratibel: tal vez llevase entre la oreja y la nuca uno de esos minúsculos saquitos que usan los actores y que estallan en rojo cuando la ocasión lo requiere. Grande commedia!  Las charangas siguen desfilando. Nunca se han interrumpido. Ni aflojar el paso pueden para felicitar al cómico. Ni en broma, interrumpirse. Ni Franco pudo con el macho don carnal vasco. Toda la noche entre cánticos y tambores en Tolosa. Toda la noche encarando la muerte con burlas. La risa que da la sangre. Al alba, Arratibel es poco más que una máscara arrancada de su rostro. Una serpentina de piel. Un rocío de plomo. Confeti en bombas. Llegan las brigadas del servicio de limpieza y recogen todo eso. Hace frío en Tolosa. Uno de la brigada silba y otro se frota las manos ateridas.

 

¡A por ellos, que son de regadío!

 

MIGUEL ÁNGEL AGUILAR

 

En el diario La Vanguardia del último sábado se recuerda la arenga que, según la tradición, Ramón Cabrera y Griñó, el general carlista, dirigió a los suyos cuando desde lo alto de un cerro pelado divisaban a sus pies un valle feraz que era su próximo objetivo: «¡A por ellos, que son de regadío!». Dicen que así es también el grito de guerra de los juramentados en la plataforma digital. En todo caso, es un pequeño episodio, como tantos otros, que conviene salvar del olvido y de la tergiversación si hemos de cumplir los deberes de guardar la memoria democrática prescritos por el siempre certero profesor José Vidal Beneyto. De la serie de ejemplos que adujo en el artículo que publicó EL PAÍS en su página 13 el 26 de octubre de 1996, con los que pretendía confirmar su tesis sobre la ola de asimilación tergiversadora de la historia que nos invade, sólo aparece un reproche inmerecido. El que se refiere al Premio de Periodismo Salvador de Madariaga, que cada año convocan la Representación del Parlamento Europeo y la Representación de la Comisión Europea y que entrega la infanta doña Cristina. El profesor debe saber que quienes propusieron nombrar el premio citado con esa advocación han recordado sin escamoteos en cada convocatoria el entero perfil político de Salvador de Madariaga como luchador cívico para la recuperación de las libertades, conculcadas durante décadas por la dictadura franquista, así como su papel protagonista en el contubernio de Múnich.

Aquel contubernio pretendía para España algo tan revolucionario como la convocatoria de elecciones generales libres. Intento que llevó a sus valedores a la deportación, al exilio, a la exclusión social y a la difamación pública impuesta por aquel régimen del que tantas cosas vienen. La adversidad política desatada entonces hacia los afines del Movimiento Europeo llevó a algunos a preferir el desenganche. Se produjeron algunas bajas de gentes que después alcanzarían a ser muy notables. Los más atemorizados se borraron incluso de la AECE (Asociación Española de Cooperación Europea). Claro que, por una vez, gracias a la tenacidad de Joaquín Satrústegui la memoria de aquellos intentos quedó registrada de modo fidedigno en un volumen que editó Tecnos bajo el título Cuando la transición se hizo posible.Aquel contubernio lo recordaba Fernando Álvarez de Miranda el pasado 10 de enero en la Asamblea del Consejo Federal Español del Movimiento Europeo reunida para elegir presidente a José María Gil Robles y Gil Delgado y relevar al dimitido Carlos María Brú Purón.

En estos días se anuncian las conmemoraciones del 60º aniversario de Radio Nacional de España. Tal vez sería una buena oportunidad para empezar por cambiarla de nombre, de forma que dejara de evocar la España sublevada de los franquistas frente a la España de la legalidad republicana. ¿Qué tal, en adelante, llamarla Radio España?, ahora que la emisora con ese nombre ha quedado bajo bandera mexicana. Otra opción sería la de Radio Española, siguiendo la estela de la vecindad compartida en Prado del Rey con la Televisión igualmente apellidada. En todo caso, debería evitarse que la emisora cumpla los 60 años administrándonos recuerdos recalentados bajo una óptica hemipléjica, que conduce de modo inevitable a la falsificación. Esas parcialidades y amnesias, aunque suelan adobarse de entrañable afecto a los mayores recubiertos por la inocencia de la ancianidad, están férreamente prescritas para ahorrar incomodidades a quienes todavía activos en la política o en la profesión periodística protagonizaron o se lucraron de aquellas épocas mientras arrojaban impasibles a las tinieblas exteriores a cuanto desafecto tenían al alcance, que, una vez convertido en víctima, permitía reclamar un salto en la escala de las lealtades inquebrantables y retribuidas.

 

La lucha por lo evidente

 

EDUARDO HARO TECGLEN

«Malos tiempos estos en los que hay que luchar por lo evidente», dijo Che Guevara. Pero ¿quién ve lo evidente? Él, no: los rangers de Estados Unidos eran evidentes, y que le matarían antes de que hiciera un Vietnam en Latinoamérica. Pero todos tenemos nuestras evidencias. Por ejemplo, que la justicia organizada está hoy en tal estado de descomposición que pretender que los errores pasen por la culpabilidad del jurado es sólo una maniobra autocrática (preferí la justicia profesional: visto lo que ocurre, y cómo, hoy no prefiero nada).

Las rarezas de jueces y fiscales no han conducido a suprimirlos; apenas a apartar a alguno hacia otro lugar donde ejerza sus evidencias. La Audiencia Nacional sigue en pie, y no sólo es un anacronismo, sino también un fracaso. Y yo todavía no sé si el jurado vasco redactó su sentencia con arreglo a una conciencia propia.

Es evidente que la religión ha perdido su condición de científica. Empezó a perderla cuando se suprimió el Santo Oficio (existe, lo conduce en el Vaticano el cardenal Ratzinger, y aquí no sé quién, ni me importa. Por ahora), o éste dejó de matar y torturar a la gente. Sin matanzas, hay probabilidades de que la gente sea lo que es; y ya Azaña dijo que España había dejado de ser católica. Era verdad, aunque durante unos años volvieran a quemar, o a fusilar, o a pegar un tiro en la nuca. Tratar de volverla a los colegios de donde salió es estúpido, aunque se diga que los malos tratan de oponerse en nombre del parchís: hay que ser gente de baba caída para propagar eso.

Claro que la religión hay que saberla. Pero no hay que dar clases de proselitismo en un Estado laico. Hay que saberla porque está o estuvo implicada en la historia, en el poder, en el dinero, en el arte y en el crimen de Estado. Hay que conocer lo bueno, lo malo, lo importante, y borrar para siempre al padre Astete o al padre Ripalda.

(Si se trata de clases de catecismo en los colegios, o de llevar a los niños por el camino manso, más valdría que se suprimiera, sin hablar de intercambios -la ética es cómica-. No necesita alternativas. Si es catequista, más vale cambiarla por el parchís, que tiene su estrategia, su conocimiento del azar y de la necesidad, su educación del invididuo; y su triunfo sin imposición).

 

Ortega ... Europa : Ayer ... Hoy

 

ELISEO ÁLVAREZ-ARENAS

 

Que José Ortega y Gasset fue un gran conocedor de Europa tal vez sea innecesario decir, pero decir que es un eminente europeo hoy podrá parecer a algunos anacronismo infundado. Sin embargo, Ortega está presente en Europa hoy porque aparte de haber estudiado a Europa y, sobre todo, haber pensado y habernos hecho pensar a todos en la historia, en la idea y en el ser de Europa, nos ha transmitido un legado de conocimientos grande acerca de lo que Europa fue, de lo que Europa es y, tal vez sobre todo, de lo que Europa puede ser y consecuentemente debe ser. En ese legado orteguiano hay mucho de profecía. Ésta es diversa y amplia, pero hay dos decires de Ortega que convienen ahora con más oportunidad que otros: «Europa ha sido siempre una pluralidad de naciones dirigida por una de ellas. Eso que ha sido Europa lo seguirá siendo todavía un largo, muy largo rato, bien que tomando esa plural convivencia alguna forma nueva». ¿No dicen esas palabras de 1940, al hablar de Juan Luis Vives y su mundo, mucho de lo que está palpitando en Europa...? Otra opinión ahora, y de la misma conferencia, que, como la anterior, nos dice enigmática y proféticamente bastante de lo que está pasando ahora: «El siglo XV es el más complicado de toda la historia europea hasta la fecha (...) porque es el siglo de la crisis histórica, la única propiamente tal -hasta la que estamos viviendo- que habían sufrido los pueblos nuevos de Occidente (...) y de que emergió, como nueva afirmación, el cristianismo. La complicación proviene de que su vida -como toda vida en crisis- tenía una raíz dual: por un lado, es persistencia de la vida medieval -en rigor, supervivencia-; por otro, es germinación de vida nueva...». Subrayo persistencia y germinación de vida nueva porque son cosas más o menos claras o difuminadas que están aconteciendo desde no hace mucho en la propia Europa.

Que Europa es hoy una pluralidad de naciones dirigida por una de ellas es evidencia tangible. Desde hace casi 50 años, en que esa pluralidad europea está animadamente en trance de hacerse formal, práctica y jurídicamente una, la dirección de la pluralidad aquélla es alemana. La Alemania re unida ha cobrado un vigor marcado en su influencia decidida en el hacer a Europa «una» superior al que tenía cuando era solamente Alemania Occidental. La dirección influyente de Alemania en Europa radica no sólo en su pujanza material, sino en la convicción del germano europeo de los últimos siglos de la entidad de Europa en cuerpo y alma, y en la comprensión ancestral del destino de Europa, destino que insinúa la unidad política en casi todos los órdenes de lo que política aquí significa para hacer frente a la historia del futuro y resolver los problemas que anuncian ya su orto inmediato en los horizontes del mundo.

Esa «plural convivencia» está ahora, como Ortega previó, en trance de tomar «alguna forma nueva». Diríase que desde el siglo XVI ha pasado Europa por varias «formas», pero el marco en el que Europa quiere formarse está siendo, sin duda alguna, el más fundamental y trascendente de cuantas formas haya podido haber de pluralidad europea, ya que esa forma es la unidad real y práctica, y el marco en que esa forma se mueve para encajarse con justeza es el del convenio democrático y el acuerdo entre las aristocracias de estadistas y las democracias de pueblos para acabar al fin en la unidad, que hará de Europa algo uno políticamente, lo que equivale a decir algo uno en lo histórico viviente en el momento.

Pero esta «forma nueva» en la que la «pluralidad nacional» europea se está moviendo desde hace 50 años para hacerse pluralidad una en la política general, parece estar viéndose afectada por aquellos síntomas de «persistencia» y de «germinación de vida nueva» que Ortega preveía... Yo veo hoy la persistencia en cuanto añoranza de alguna nación europea de un pasado reciente que se esfuma y se pierde para ella en la estela del navío de su historia, y percibo la vida nueva en lo que se siente en el fondo de las conciencias de la pluralidad europea sobre el seguro bien y provechoso resultado que han de derivarse de la unidad que la pluralidad europea pretende para sí... Al mencionar «persistencia» en relación con «alguna nación europea» pulsa en la mente con más fuerza el persistir de una de ellas -de Inglaterra- que el de otras -Francia, un tanto, y otras más con menor impulso-. Ese «persistir» está referido al ayer: al siglo XIX y a la primera mitad del XX. Inglaterra y Francia, con diferencias a veces y a la unión otras, mandaron en Europa. Después de la II Guerra Mundial se agotó en mucho su fuerza política y económica en lo internacional, al tiempo que cobraba vigor inusitado el auge ascendente del americano vencedor. Francia receló de la preponderante influencia transatlántica en Europa y prefirió la política de entendimiento con Alemania, recuperándose ésta ya. Inglaterra, siempre poco europea en su splendid isolation, encontró partido más favorable para ella en su tradicional entendimiento con los Estados Unidos. De ahí su «persistencia» inercial en el pasado mediato o inmediato del arranque de Europa hacia su unidad política. Porque los Estados Unidos de América, se diga lo que se diga, son antieuropeos o, al menos, sienten en lo político inconveniencia en que Europa se fortalezca en cuanto Unión.

Otras «persistencias» se reflejaron hace unos años en Maastricht, al promulgarse el Tratado de Europa y al producirse las primeras reacciones en su contra. Estas reacciones iniciales venían a ser en el fondo un no decir que sí por sistema a lo europeo. La verdad es que remitieron pronto y, aunque el tratado está pendiente de revisión para su aprobación definitiva, las tendencias no se sienten hoy hacia reacciones de rechazo rotundas... Lo mismo que con lo de la moneda única... Los problemas son serios, pero ya están previstas soluciones, consistentes en avanzar por pasos, que habrán de dar con realidades prácticas favorables... Eso son las «persistencias», acaso.

Y está también ahí lo de la germinación de vida nueva. La vida de Europa se ha renovado más de una vez en cuanto necesaria y obligada vida en común. Una fue la señalada por Ortega; otra es la actual, que está cobrando forma clara tras su germinar relativamente acelerado... La Unión Europea le está dando a Europa una «vida nueva», y todo lo nuevo, por traer consigo factores incógnitos, da que recelar, cuando no amedrenta. Tal vez haya en esos naturales recelos de la vida nueva de Europa algo de lo que Ortega llamaba «dudas de Europa»: «La civilización europea duda a fondo de sí misma. ¡Enhorabuena que sea así! Yo no recuerdo que ninguna civilización haya muerto de un ataque de duda» (Meditación de Europa). Ante lo nuevo se duda siempre. Europa está hoy haciéndose su futuro entre dudas y vacilaciones que también Ortega previó en su día: «Es, pues, un estricto error pensar que Europa es una figura utópica que acaso en el futuro se logre realizar. No; Europa no es sólo ni tanto futuro como algo que está ahí ya desde un remoto pasado; más aún, que existe con anterioridad a las naciones hoy tan claramente perfiladas. (...) Lo que sí será preciso es dar a esa realidad tan vetusta una nueva forma» (ibídem). Ese «futuro» que Ortega decía de Europa es el hoy de la Unión Europea ya, con esa «nueva forma» a la que estamos asistiendo los europeos hoy.

Pero hay en ese futuro ya presente esos ecos vistos de «persistencia» nostálgica que no acaban de remitir: el euroescepticismo, «invento» inglés que parece que se contagia a otras naciones menos relevantes. Mas eso no va ya con los tiempos de Europa. Lo malo para lo europeo es que puede ir con «los tiempos» de Estados Unidos, que en el fondo no sienten a Europa, pero quieren dirigirla sin ser nación europea. El medio que creen haber encontrado es la OTAN, opio con el que parecen estar queriendo «adormecer» a Europa... Europa, de seguro, debe de sentir todo eso, pero, sin estar unida del todo, no está en condiciones todavía de reaccionar debidamente.

Volviendo al arranque: Ortega previó claramente el hoy de Europa. Lo que él dijo hace 50 o 70 años está siendo realidad ya... Lo malo es que los europeos dirigentes no dan la impresión de recordar a Ortega; eso suponiendo que conocieran o conozcan sus teorías sobre Europa, que están probando ser acertadas «profecías»... Convendría, pues, decirles a esos europeos «eminentes» que se tomen la molestia de leer a Ortega.

[Eliseo Álvarez Arenas es almirante de la Armada y miembro de la Real Academia Española.]

 

Francisco Ayala tilda de «patético» el nacionalismo de la generación del 98


«Mientras que la generación del 98 fue patéticamente nacionalista y la generación del 14 seriamente nacionalista, catapultando a España hacia la órbita europea, nuestra generación de vanguardia ensayó la superación del nacionalismo, para situarse por encima de las fronteras». Esta radiografía ideológica del primer tercio del siglo en España, hasta el «truncamiento» que supuso la guerra civil, fue argumentada ayer por el politólogo, escritor y académico Francisco Ayala (Granada, 1906) durante su investidura como doctor honoris causa por la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED), celebrada en Madrid.

«Con Ayala, el problema de España deja de ser un asunto metafísico para incardinarse en algo histórico y social; su actitud intelectual supera lo español como secular discurso de la impotencia», dijo con anterioridad su padrino en la ceremonia de investidura, el catedrático de la UNED Santos Juliá.

Ayala celebró haber podido asistir al hervidero cultural de los años veinte, en sus orígenes como intelectual, justamente cuando la escena aparece cruzada con las encontradas ideografías de aquellas tres generaciones. «El 98 representó la versión más cruda del nacionalismo hispano, una ideología que, por lo demás, llegaba a nuestro país con un siglo de retraso respecto al resto de los Estados europeos», indicó Ayala, para censurar los postulados «esencialistas y retóricos en exceso» que, a partir del Idearium español, de Ganivet, informó a aquella generación. Tras el desastre de las colonias, las consignas -sobre todo, las de corte unamuniano, como «¡Adentro!» o «¡Que inventen ellos!», puso por ejemplos- parecerían responder a un programa de «autocolonización interior», señaló el académico y premio Cervantes de Literatura.

Modernidad europea

Por contra, la generación del 14 (Ortega, Pérez de Ayala, Azaña o D’Ors) «rectifica el resentido ensimismamiento de sus mayores, y consigue incorporar a España, al menos en el terreno de la alta cultura, al cuadro de las naciones europeas». Pero Ayala elogió, sobre todo, el «alejamiento estetizante respecto al casticismo», que supuso al ánimo del país la truncada generación de vanguardia. «Con ella se abraza la modernidad europea que, por otra parte, periclitaba ya en Europa, en el momento en que se barruntaba la venidera posmodernidad».

Como si de aquellos polvos noventayochistas procedieran ahora bifurcados lodos, Ayala alertó, en otro momento de su intervención, sobre la paradoja de que, «mientras en sus orígenes modernos, el nacionalismo sirvió como instrumento de integración, ha actuado, por contra, cada vez más, en un sentido disgregador».

 

La columna

MANUEL VICENT

 

Hace unos años, estando en Shanghai, rodeado de mil millones de chinos, uno de ellos en medio de la calle me preguntó de dónde era yo. Al saber que era español, de pronto, aquel chinito se puso pinturero y me gritó: eh, toro, toro. A continuación, abrió el compás de las patas, metió la tripita, torció el morro con desgarro y me dio un pase de pecho seguido de un bajonazo. Y viendo que en lugar de embestir yo sólo le taladraba con una mirada de odio, el tipo levantó los brazos muy jacarandoso, arqueó los riñones y simuló que me clavaba un par de banderillas. Rematada la faena, siguió su camino riendo hasta perderse en el torbellino de la gente y yo me quedé apoyado en el pretil del río Whangpoo pensando en la unidad de destino en lo universal, que tratándose de un español consiste en ser toro o torero, según te vaya en la vida. Viajar tan lejos de casa para que un chino te pegue un pase como a un astado, sin duda, es una desgracia, pero aún es peor que en Canadá te tomen por un torero y esperen que vayas a dar la conferencia sobre el Siglo de Oro vestido de sota de espadas con calzas rosas y ese ataúd de astracán en la cabeza. Con el calor de la primavera se acerca una vez más el cosechón de cuchilladas, vómitos y descabellos que darán como fruto más de 50.000 toros taladrados cuya agonía será servida por televisión en primer plano. Las imágenes multiplicarán por un millón esta infame carnicería y gracias a este banquete de plasma, planetariamente los españoles seguiremos siendo unos especímenes humanos que se divierten torturando animales y que hacen sonar las charangas para alegrar semejante degüello. La fiesta nacional tiene mucho color: el rojo de la sangre es el más auténtico. Por mucho que se enmascare con un esteticismo hortera o con un flato poético, una corrida de toros en directo o en diferido es el espectáculo basura por excelencia, aunque lo presida el rey de España y le guste a algún chino. Españolito que vienes al mundo, te guarde Dios: serás toro o matador.

[El País - 11 mayo 1997 - Nº 373]

 

La generalización de los argumentos estúpidos

GREGORIO PECES-BARBA MARTÍNEZ

El País – 11-04-2001

 

Vivimos en unos tiempos donde, junto a grandes progresos de la racionalidad y de la ciencia, coexisten ámbitos importantes en lo público y en lo privado dominados por la necedad, por el simplismo y por la vulgaridad intelectual. Como dice Hilary Putnam, es sorprendente la ‚fascinación que parecen tener las ideas incoherentes’. A veces los medios de comunicación se encargan de difundirlas e incluso de alentarlas, y responsables políticos o líderes sociales de engendrarlas y de dotarlas de autoridad y de solvencia, al menos prima facie, por la presunción de legitimidad que éstos tienen a priori. En otros ámbitos como el deporte o las revistas del corazón, los ciudadanos escuchan a diario lugares comunes que se repiten con grandes palabras como si estuviéramos ante aportaciones ingeniosas, como ‚el fútbol es así’, ‚no merecimos perder’, ‚nos robaron el partido’; o, en el segundo supuesto, ‚es el amor de su vida’ o ‚somos muy felices’. La extensión con que la prensa en general, y la deportiva o la llamada ‚rosa’ en particular, trata esos asuntos y repite esas vulgaridades permite percibir la amplitud del eco de esas palabras. Estamos ante una gigantesca generalización de los argumentos estúpidos, que sorprenden y avergüenzan por su arraigo y por su eco en la opinión pública. Que un programa como Tómbola haya tenido una audiencia tan fiel como numerosa, hasta que el nuevo presidente del Ente, señor Giménez Alemán, la suprimió con buen juicio hace unas semanas, es un signo de la profundidad de la patología.

Y el problema es más grave, porque incide negativamente en la pedagogía que se necesita para formar una ciudadanía responsable.

Pero cuando el problema adquiere proporciones muy serias es cuando esas ideas incoherentes y esos argumentos estúpidos proceden de dirigentes políticos y de personas con relevancia social. Son momentos más frecuentes de lo que parece, y recientemente hemos tenido muchos casos pertinentes de los que extraigo algunos especialmente ejemplares como disvalores.

El modelo en el ámbito político lo ha representado el señor secretario de Estado de Justicia, cuando ha declarado, firme y contundentemente, con esa seguridad que da haber ganado una oposición a un gran Cuerpo del Estado, que había que despolitizar al órgano de gobierno de los jueces. Repite el señor Michavila una cantinela muy oída sobre la politización del gobierno de los jueces. Es el paradigma de los argumentos estúpidos, que sin duda confunden la función de los jueces con su gobierno, atribuido en la Constitución al Consejo General del Poder Judicial. Conviene dejar claro que la forma de elección actual, en su totalidad por las Cortes Generales, es plenamente constitucional, y queda por justificar que la pretensión de despolitización se refiere al gobierno de los jueces, y no a la función judicial. En el ejercicio de la función de juzgar y de hacer ejecutar lo juzgado la Constitución protege y garantiza la independencia judicial, pero aun en ese caso no se puede alcanzar una wertfreiheit, una neutralidad que es imposible, y que además es dudosamente deseable en el ámbito del Derecho, donde el juez está comprometido, en el marco del sistema constitucional y legal, con realizar la justicia y garantizar la libertad y la igualdad. Siempre les digo a mis alumnos que para juzgar a un interlocutor jurista que les diga que es neutral deben recordar que esa neutralidad es imposible, y quien la afirma o es un estúpido ignorante o es un mentiroso. Todos los juristas y también los jueces tienen sus ideas, sus intereses, y por eso la proclamación del principio de independencia para controlarles. Y los jueces hacen política porque el Derecho es creado por el poder, que recoge en las sociedades democráticas los ideales de la ética pública, que son inevitablemente políticos. La visión de unos jueces angelicales, sin intereses ni ideales políticos de este mundo, como los santos de la Ciudad de Dios agustiniana, no resiste ningún análisis serio, y no puede ser la base para la propuesta que respalda el señor secretario de Estado de que son el cauce ideal para elegir un Consejo General del Poder Judicial apolítico, fuera de la realidad mezquina del mundo político, y que supere la inconveniente politización del actual modelo.

No sabemos qué legitimidad tienen estos señores jueces para elegir ellos solos a su órgano de gobierno. Seguramente no será el saberse bien los temas con los que aprobaron las oposiciones, y no se me alcanza qué puede merecer un colectivo de pocas miles de personas para elegir al órgano de gobierno de uno de los poderes del Estado, cuando el principio democrático reside en la soberanía del pueblo español representado en el Parlamento. Que un secretario de Estado de un gobierno democrático, en un régimen parlamentario representativo, diga que hay que despolitizar a un poder del Estado es un contrasentido que resulta difícil de entender, que es poco racional y muy incoherente. Supone que el gobierno de los jueces es un asunto interno de éstos, cuando los terceros afectados por sus decisiones son todos los ciudadanos y todas las instituciones públicas y privadas. Nunca se ha pretendido dar tanto poder a tan pocos, y ésa es la apuesta por reforzar un corporativismo propio del Antiguo Régimen, cuando los jueces vendían o compraban los cargos judiciales como si fueran su propiedad. Ahora, la feliz ocurrencia del Gobierno, glosada en ese comentario por el señor secretario de Estado, es como la moderna forma de compra de cargos, al permitir convertirlos en monopolizadores de un poder del Estado. Cuando el Tribunal Constitucional, fuera de sus funciones, excediéndose de lo que puede y debe decir, aún reconociendo que el sistema actual de elección es legítimo, dijo que sería mejor el otro, utilizando también un argumento estúpido, estaba acreditando que años más tarde se pudiera afirmar la necesidad de despolitizar a un poder del Estado.

Pero el colmo será, si esta barbaridad se consuma, que los señores Diputados y Senadores del PP, y

espero que nadie más, se identifiquen con el despropósito y voten privarse a sí mismos y a las Cortes Generales en concreto de la elección de doce vocales del Consejo General del Poder Judicial, transfiriendo esa competencia al colectivo de jueces. En ese caso habríamos pasado de la estupidez a un error de imprevisibles consecuencias, y esa votación debería acompañarse con la audición en el hemiciclo de ‚Los esclavos felices’ de Arriaga.

El otro ejemplo clamoroso en el ámbito político son las declaraciones del secretario general de Emigración, señor Fernández Miranda, cuando sostiene, sin enrojecer, la conveniencia de que los emigrantes sean católicos para integrarse mejor en una sociedad mayoritariamente católica como la española. Aquí la incoherencia y la sinrazón se completan con la inconstitucionalidad, y parece que volvemos al modelo que iniciaron los Reyes Católicos de vincular la unidad de España con la unidad de la fe. Si entonces produjo males sin cuento, hoy infringe la libertad religiosa, la aconfesionalidad del Estado y la debida neutralidad de las autoridades en temas que sólo afectan a la conciencia de los individuos.

Para hacer referencia ahora a un ejemplo social de argumentos estúpidos, creo que podemos asociar a dos representantes relevantes de la sociedad catalana, la señora Ferrusola, esposa del Molt Honorable President de la Generalitat, y el viejo militante de la izquierda nacionalista Heribert Barrera. No estamos ante un límite a la libertad de expresión. Mas bien pienso que estas situaciones no deben abordarse desde esa perspectiva. Decir que sus hijos no jugaban de pequeños en las plazas o en los parques porque todos los niños hablaban castellano, o referirse despectivamente a los emigrantes, o afirmar que su llegada masiva pondría en peligro la identidad de Cataluña, no es motivo de limitación de la libertad de expresión de la señora Ferrusola, aunque coincidiera en el tiempo y en los temas con el señor Barrera. De esas afirmaciones no se desprendía un claro y presente peligro para la situación de los emigrantes. Más peligro produce para ellos una Ley de Extranjería, claramente inconstitucional, que les impide ejercer derechos que les son debidos. Por otra parte, hay que tener cuidado con esos meros inquisidores de toda laya que consideran inaceptables argumentos que, aun siendo recusables y no compartidos por la mayoría, no van a tener consecuencias prácticas dañinas para la convivencia. Otro ejemplo reciente es reprochar a un diputado que utilizase críticamente para describir el tono de intervención de una diputada el término ‚colegio de monjas’. No se me alcanza por qué se considera un comentario machista, ni mucho menos por qué la señora presidenta le sugiere que retire la expresión utilizando como argumento que es el día de la mujer trabajadora. Todas las opiniones enriquecen una convivencia, y el pluralismo necesario, aunque en contradicción con el núcleo central de los valores constitucionales; otra cosa es si pueden crear un claro y presente peligro que ayude a subvertir o a llegar a situaciones de violencia generalizada. En esos casos sólo se puede limitar la libertad de expresión, y ello por medio, casi siempre, del Código Penal.

En muchos casos, opiniones y tomas de postura -y en la ocasión que citamos, las de la señora Ferrusola y las del señor Barrera- no merecen reproche por excesos en la libertad de expresión, sino porque sitúan sus palabras en el corazón mismo de los argumentos estúpidos, que ponen de relieve o limitación o debilitamiento intelectual; son un mal ejemplo de argumentación racional, obstaculizan la pedagogía de la libertad y de la tolerancia y desorientan a los interlocutores por su simplismo.

Entre todos debemos atajar la extensión de esos argumentos estúpidos, que nos rebajan y nos sitúan en la indignidad, que no aportan nada para elevar nuestra condición.

 

Precisamente por eso, filosofía

JOSÉ LUIS MOLINUEVO

El PAÍS - 28 marzo 997 - Nº 329

Desde hace tiempo venimos asistiendo a una serie de escándalos docentes que afecta a temas sobre los que hay una gran sensibilidad social. El motivo de estas reflexiones no es el de soslayarlos, sino todo lo contrario, el de contribuir a evitar que se queden en una escandalera, fruto tanto de reacciones primarias como de oscuros intereses. Por otra parte, y frente a la apremiante demanda de acciones punitivas, se ha recordado sensatamente la existencia de una libertad de cátedra, la posibilidad del ejercicio de acciones administrativas por parte de las autoridades competentes, que salvaguarden también el otro derecho inalienable de los alumnos, y es el de no tener por qué aguantar tales desmanes. Tropelías que, por desgracia, no han sido infrecuentes, han llegado a afectar a los alumnos, y quedaron impunes. En alguna Facultad de Filosofía se llegó a festejar mediante pasquines el triunfo sobre la razón. Es posible que pensaran en sentido goyesco que la razón engendra monstruos, pero no ciertamente esos que hacen todavía más necesario su ejercicio.

Si todo esto se sabía, ¿a qué viene ahora la indignación? ¿O es que definitivamente se está dispuesto no sólo a airear el caso, sino también a arrancar la raíz? El ejercicio docente es un servicio social en el que puede haber personas enfermas, mediocres e incompetentes que lo ejercen mal, sublimando sus carencias personales a costa de otros. Una antigua universidad, la de Salamanca, tiene un lema según el cual ella no puede dar lo que niega la naturaleza. Pero también es cierto que a veces se lo ponemos muy difícil a la naturaleza. Hay casos, como éstos, en los cuales el problema no debe ser magnificado porque se trata simplemente de una ausencia de sentido común, que no debiera extenderse convirtiéndole en el menos común de los sentidos.

Y esto sucede si no se va a la raíz de los males: a que en amplios sectores de la Universidad española se ha instalado de por vida la mediocridad e incompetencia gracias a un sistema de selección ejercido arbitrariamente; que las universidades tienen hoy más medios que nunca, pero una legislación errática hace difícil la tarea universitaria individual y colectiva; que los docentes consumen buena parte de su tiempo en tareas administrativas centradas en la hermenéutica de unos planes de estudios que hacen agua por todos lados. Y así sucesivamente.

En este estado de cosas, mejor, de chapuza académica, es casi heroico el que muchos profesores cumplan ejemplarmente con su docencia y saquen tiempo para la investigación. Y los hay, aunque no sean noticia. Como también existen en los antaño prestigiosos cuerpos de la hoy llamada enseñanza secundaria. Se les pide mucho y se les retribuye poco, empezando por el reconocimiento social de su labor. Y para colmo tienen que ejercer su trabajo en un clima de desmotivación por el presente y por lo que se les viene encima (si alguien no lo remedia), al menos en el caso de las humanidades. Reflexionar sobre las causas de esto y sus consecuencias significa salir del campo estrictamente académico para entrar de lleno en el social, sin distraerse con lamentables anécdotas personales. El problema no se soluciona organizando periódicamente redadas de elementos marginales. Porque el problema es otro.

La creciente alarma ante casos de racismo y xenofobia sustentados con peregrinos argumentos, la sensibilidad social ante cualquiera de estas manifestaciones, nos pone ante un fenómeno más grave: la creciente deshumanización social. Y fruto de ella, a la vez que causa, es el pensar que las humanidades son prescindibles en la educación, especialmente ahora en la secundaria. No pasa nada, hasta que pasa. Lo que pasa es que hay una ausencia de criterio, de humanidad, consecuencia de cuando no pasaba nada porque valía todo. Es paradójico constatar el déficit de cultura ahora que estamos en una sociedad multicultural. Teniendo que respetar todo, no se respeta nada, olvidando precisamente que la cultura, como decía Ortega, es respeto. En ese yermo de tierra de nadie crecen tanto los integrismos como los cinismos.

Estamos dilapidando un patrimonio. El patrimonio del pasado en forma de nuestra modernidad latina, de corte humanista. El patrimonio del presente, pues frente a agoreros exhibicionistas se está en un momento espléndido del pensamiento en España, que deberíamos saber apreciar, favorecer y difundir. Y transmitir también en la educación, para que se convierta en un bien social.

La educación humanística no es sólo una educación en el saber, sino también en el ser, o mejor, en el saber ser y estar. Ante el desarraigo quizá convenga recordar nuestro origen grecolatino, pensar la lengua en que pensamos, encontrar nuestra identidad plural en la historia. Tal vez se salgan con la suya aquellos que afirman que la filosofía (como asignatura) no sirve para nada, pero quizá la sociedad debiera preguntarse también para qué le sirve gente que dice esas cosas. Y que gozan de mayor impunidad que aquellos pocos que hacen un uso irresponsable de la libertad de cátedra. Efectivamente, la filosofía es un lujo imprescindible para el ser humano, como lo es la educación misma. Ya lo decía nuestro viejo Sócrates, el educador por excelencia y en la excelencia: una vida sin filosofía no merece la pena ser vivida.

Sin capacidad de reflexión crítica, de criterio, no existe un ser humano al que pueda llamársele persona, que sea digno de respeto y que respete a los demás. De ahí arranca el sentido de la enseñanza de la filosofía, que por su misma naturaleza no educa en una conciencia dogmática, sino crítica, y es uno de los mejores antídotos contra el mal que hoy padecemos, que no es la carencia de ideas, sino la falta de humanidad.

 

Moret asegura que «en el mundillo literario todos son unos impostores»

MIGUEL ÁNGEL VILLENA

Ha sido cocinero antes que fraile. O mejor dicho, es ambas cosas. Periodista, novelista y traductor Xavier Moret (Barcelona, 1952) conoce como pocos las entretelas de editoriales y escritores. De las bambalinas de estos ambientes ha nacido una divertida parodia, El impostor sentimental (Emecé), publicada ya en catalán y traducida ahora por el propio autor al castellano. «En el mundillo literario todos son impostores», confiesa Moret, quien añade: «He pretendido destacar que hoy pesa más la comercialización que la calidad de un libro».

«Hasta Flaubert», comenta Moret con mucha ironía, pero con conocimiento de causa, «tendría hoy problemas para publicar sin una buena campaña de promoción». En opinión del novelista, «todo está hoy muy orientado hacia la mercadotecnia hasta el punto de que en muchas editoriales adquieren más importancia los directores económicos que los responsables literarios». Por supuesto que Moret salva a algunos buenos editores y, poco dado al masoquismo, agrega que prefirió escribir una parodia antes que rasgarse las vestiduras.

Editores engolados, profesores extravagantes, escritores narcisistas, bibliófilos enloquecidos y espías de cartón-piedra desfilan por las páginas de El impostor sentimental ambientada en un congreso literario en Inglaterra. Admirador de escritores británicos como David Lodge, Tom Sharpe o Evelyn Waugh el escritor catalán recorre con varias miradas el mundillo literario con el telón de fondo de una novela de acción. En realidad de dos novelas: la de Moret y la de Víctor Mas, el escritor en la ficción. Las interioridades de la concesión de un premio donde el ganador, implicado en un escándalo, ya se conoce con antelación sirve como uno de los ejemplos de que nadie es lo que parece. Como guinda un camarero resulta ser un auténtico experto en galardones literarios.

No deja títere con cabeza Moret, pese a que se reconoce un apasionado del periodismo y de la literatura, dos actividades que simultánea desde que en 1982 publicara L’americà que estimava Moby Dick, una novela muy bien acogida por el público en Cataluña. Tampoco se escapan los periodistas de sus críticas, si bien admite que «son impostores con un carné que les permite observar en primera fila». En cualquier caso, remacha sus opiniones al afirmar: «El mundillo editorial es uno de los más endogámicos que conozco. Siempre ves a los mismos alrededor de las croquetas en las presentaciones o las fiestas». Tras señalar que la mayoría de escritores son muy narcisistas, Moret hace una distinción: «Los que escriben son fabulosos, pero los que van de escritor, por encima del bien y del mal, resultan detestables».

Contra la opinión de algunos amigos Xavier Moret ha preferido traducir él mismo su novela del catalán y no ha sucumbido a la tentación de cambiar cosas. Al publicar su primera obra en castellano Moret se alegra de que cada día se traduzcan más autores en catalán, gallego o euskera. «De todos modos», agrega, «parece que exista una cuota y que el mercado español sólo esté dispuesto a aceptar a un autor por cada lengua minoritaria que serían Quim Monzó, Manuel Rivas y Bernardo Atxaga».

 

Tierra por medio

ANTONIO MUÑOZ MOLINA

EL PAÍS - 5 marzo 1997 - Nº 306

Hay que irse de vez en cuando, hace falta alejarse de España aunque sólo sea unos pocos días, el tiempo preciso para respirar de otro modo, para mirar otra luz y escuchar otras voces, para no ver cada mañana los mismos titulares en los mismos periódicos y no arriesgarse a contraer un envenenamiento del alma si se conectan por error ciertos programas de televisión o de radio. No hace falta viajar a lugares remotos, ni intentar perderse en paraísos tropicales con lujo de postal. Ni siquiera es preciso irse para mucho tiempo. Basta irse unos días, tomar a media tarde un avión y encontrarse al anochecer en Lisboa, en París, en Roma, en Amsterdam, subir novelescamente a un tren nocturno, adormecerse con sus golpes rítmicos sobre las vías y encontrar en la ventanilla, al abrir los ojos unas horas más tarde, un paisaje que parece la prolongación del sueño, una tierra extranjera en la que está amaneciendo y donde los colores tienen con la primera luz del día un esfumado de distancia, de velocidad y de niebla.

Horas antes de salir, ya se ha apoderado de nosotros la emoción y el dinamismo del viaje, que es como un imán del porvenir, y nos parece que nos movemos por la casa o por la calle de siempre con una ligereza que nos distingue de antemano de quienes van a quedarse, lentos vecinos sedentarios que ni siquiera nos envidian. La última noche antes de la partida suele ser una noche de insomnio: el alma, la imaginación ya han emprendido el viaje, pero las horas siguen conservando la lentitud de los días normales, y el cuerpo cumple con desgana obstinada sus tareas de siempre, los automatismos y astucias que mañana ya no le servirán, porque los interruptores de la luz no estarán donde los busquen las manos, y ni el camino hacia el cuarto de baño ni la orientación de las ventanas se corresponderán con la geografía conocida de las cosas.

Es frecuente el elogio del romanticismo del tren y la denostación de los aviones, un maniqueísmo sentimental que se parece a la preferencia por la estilográfica o la máquina de escribir frente a la presunta frialdad robótica del ordenador. A mí me gusta igual escribir con una pluma sobre un papel liso y tenuamente cuadriculado o rayado que deslizar las yemas veloces de los dedos sobre el teclado de un portátil. También puedo disfrutar de una partida y una llegada en tren, de la lectura y luego el sueño en un expreso nocturno, pero no me parece menos excitante la inmediatez del viaje en avión, su parte indudable de irrealidad y prodigio. Me encuentro una mañana encerrado en un taxi, camino del aeropuerto, en medio de un atasco de tráfico, oyendo por obligación a los calumniadores profesionales y a los venenosos charlistas de una conocida emisora eclesiástica, y unas horas después, aunque me parezca mentira, estoy en otro mundo, sentado, por ejemplo, en la terraza del café A Brasileira, a la luz apacible de Lisboa. En una calle de Portugal o de Italia, a unas horas de viaje lo primero que uno siente no es el entusiasmo por el descubrimiento o el regreso, sino el alivio infinito de haber escapado de la charca y la olla a presión de la actualidad española, de nuestra propensión a la aspereza, al encierro, a los malos modos, al ensimismamiento en la sinrazón.

Desde hace siglos, la caverna española es ferozmente autárquica. En el fondo, las actuales pasiones nacionalistas por la identidad primigenia, por el encastillamiento en la aldea y en la sangre de uno, son la repetición de ese instinto de afirmarse negando lo extranjero y lo diverso sobre el cual se edificó, para nuestra desgracia, la España católica y hambrienta de la contrarreforma.

El único antídoto es viajar. Don Pío Baroja, cada vez que terminaba una novela, se olvidaba y se curaba de ella tomando un tren hacia cualquier capital europea. La España de los años veinte y treinta, con todo su empuje de modernidad y universalización, es en gran parte el resultado de un cierto número de viajes cruciales, muchos de ellos costeados por aquella admirable institución que fue la Junta para la Ampliación de Estudios.

Ortega y Gasset, Antonio Machado, Pedro Salinas, Manuel Azaña, Jorge Guillén, Juan Negrín, Juan Ramón Jiménez, Francisco Ayala, Victoria Kent, Luis Buñuel, José Moreno Villa: no hay ninguno de nuestros mejores escritores, científicos, cineastas o dirigentes políticos que no fuera un resuelto viajero.

Ahora, igual que entonces, hay que salir para aprender, pero sobre todo para no dejarse asfixiar, para no intoxicarse con el tufo de la maledicencia y la cerrazón española, que es un tufo de brasero antiguo, de mesa camilla de tertulia provinciana y beata, con un retablo de carcas tétricos como de cuadro de Gutiérrez Solana, de mascarones que serían irrisorios si no ocultaran tras sus rasgos de cartón una ilimitada mala leche, una incomparable capacidad de hacer daño impunemente: genios de la literatura que se mueren por salir cinco minutos en un programa de variedades de la televisión, héroes del periodismo ennoblecidos por la mentira y el chantaje, jueces especializados en perseguir a los infortunados y a los débiles y en reservar su compasión para los violadores y los narcotraficantes, dirigentes políticos a quienes el poder les devuelve una catadura facial de jerarcas franquistas.

Todo desaparece en unas horas, se deshace como un mal sueño, deja de existir en cuanto se abren en otro país las páginas de un periódico extranjero. Durante unos días parece que uno respira más hondo, que va caminando de otro modo, y cuando llega la hora de subir de nuevo al tren o al avión se encuentra más ligero y más fuerte, con un sentido más nítido y sereno de la realidad. Lo malo es que basta llegar de vuelta a Barajas y subir a un taxi para escuchar en la radio a los mismos charlistas expidiendo el mismo veneno para mirar en los quioscos los mismos titulares en los mismos periódicos. Qué ganas dan entonces de irse enseguida otra vez, de poner tierra por medio, camino de cualquier país donde no haya noticia de esa gente.

 

Modernidad

EL PAÍS – Martes 20 julio 1999 - Nº 1173

ROSA MONTERO

Albricias: los españoles podemos enorgullecernos de haber alcanzado al fin la modernidad. Ahora somos tan desarrollados y tan prósperos que incluso tenemos bandas organizadas de racistas que se dedican a apalear a los extranjeros al sutil e inteligente grito de „¡putos moros!“. Con un poco de perseverancia en el empeño linchador, incluso acabaremos montando nuestro propio Ku-Klux-Klan ibérico. Como los norteamericanos de las películas de Hollywood, qué gozada.

Antes, cuando éramos un paisito pobre de emigrantes, los españoles estábamos convencidos de que no éramos racistas. A decir verdad, no es que no lo fuéramos, sino que ni siquiera habíamos tenido la oportunidad de planteárnoslo. Al margen de los gitanos, a quienes siempre hemos tratado a cantazo limpio, los españoles llevábamos siglos encerrados con nosotros mismos dentro de una sociedad muy homogénea. Ahora, en cambio, con el desarrollo y la riqueza, las puertas de la inmigración se han abierto y han empezado a aparecer por nuestro país todos los colores de la piel humana. Ante lo cual los españoles, reaccionando heroicamente como un solo hombre, hemos decidido ser tan abiertamente racistas como los ciudadanos de los demás países posindustrializados. Y así, apaleamos marroquíes en Terrassa, pedimos el cierre de una mezquita en Bañolas, desalojamos gitanos rumanos a porrillo. Lo estamos haciendo condenadamente bien. Ya no cabe duda de que pertenecemos al club de las naciones poderosas: porque no hay mejor demostración del propio poder que el hecho de machacar al que es más débil.

Hace unos días, en las playas saturadas de bañistas de Miami, los guardias de fronteras estadounidenses entablaron una batalla campal, o mejor dicho, naval, contra unos balseros cubanos que querían llegar a tierra. Les mantuvieron alejados con mangueras de agua a presión y productos químicos. Debió de ser una escena formidable; me imagino a los turistas en bañador, oliendo a aceite de coco y a protector solar, tan entretenidos ellos con la pelea. Tal vez podríamos hacer nosotros algo parecido en Tarifa con las pateras: avisar a los turistas, poner sillas. A fin de cuentas, es el espectáculo de la modernidad en su apogeo.

 

RACISMO 

 JAIME GARCÍA AÑOVEROS

 EL PAÍS - Viernes 23 julio 1999 - Nº 1176

De vez en cuando hay una explosión de rabia popular en relación con gente diferente, generalmente inmigrada, y suenan todas las alarmas de los bienpensantes, que no sé si son muchos, pero al menos se dejan oír. No siempre son inmigrantes, recuerden aquellos días tremendos con gitanos en un pueblo de Jaén hace no mucho tiempo, y no es fácil mantener que los gitanos son inmigrantes en España, al menos en los términos habituales en que se considera tal condición.

Por los demás, en ocasiones, como, por lo que se ve, ahora en Tarrasa y otros lugares, el choque tiene mucho de relativismo temporal; los que protestaban parecían, desde luego, catalanes, pero no, si se permite la expresión, de pura cepa; los inmigrantes de ayer ocuparon el terreno, y ahora chocan con los inmigrantes de hoy por la mañana. Los inmigrantes de ayer eran diferentes de los autóctonos, pero no tanto como los de hoy lo son respecto de ellos; y quizá, además, se instalaron en un espacio monstrenco, que ahora está ocupado, por lo que la mezcla con los que llegan es inevitable; y de la mezcla puede surgir la explosión.

Con esta gente que explota, a veces, por la diferencia, y que suele coincidir con la actitud de „nosotros no somos racistas, pero por qué nosotros, precisamente, tenemos que aguantarlos, por qué no se los llevan a la Rambla de Cataluña o al barrio de Salamanca“, se mezcla el racista eliminador, que es el racista de verdad, que estima que el diferente debe ser destruido, espécimen inagotable, y que se reproduce de manera autóctona en distintos lugares, desde la Alemania nazi a la Serbia actual, pasando por los partidarios de la „supremacía aria o blanca“ en lugares de Estados Unidos, o la de los tutsis sobre los hutus, o viceversa, en Ruanda y por ahí, o la de los árabes sobre los negros en Sudán, y tantos otros.

Son diferentes manifestaciones, y llenas, a la vez, de diferencias, de un concepto de supremacía que, por lo menos en lo que a mí respecta, combatiría de la manera más dura y eficaz posible, pero no persiguiendo la opinión, como algunos, llevados de afán inquisitorial, quieren, sino la acción, y con toda contundencia; y al hablar de persecución me refiero a las actuaciones públicas, judiciales y policiales, no sólo, por supuesto, a la expresión de la más tajante discrepancia, como yo hago ahora mismo, y extensiva, no sólo a la teoría (en general es gente que teoriza poco, más bien afirma, y generalmente ni eso, recurre a las vías de hecho, operativas o preparatorias, y eso es lo perseguible), sino a las personas, merecedoras de desprecio por su actuación en hordas, lástima, por buscar la supremacía en los rebaños, y látigo (legal, se entiende).

Y, sobre todo, está el lío grande en el que andamos metidos. Todos los días nos desgañitamos proclamando nuestra mejora económica, (la nuestra, de España, o Euskadi o la provincia de Málaga) y los políticos sacan pecho y presumen, y muchas veces con implacable lógica; todos los días hay gente bondadosa que dice que nuestras mejoras económicas tienen que repartirse más igualitariamente (entre los que estamos aquí dentro, incluso con algunos de fuera); todos los días hay gente bondadosa que proclama el buen trato y aceptación que hay que mostrar con los inmigrantes ilegales que aquí llegan, y por supuesto con los legales; pero ningún día esa misma gente bondadosa habla sobre los cupos migratorios (éste es uno de los clásicos asuntos en que responsabilidad y conciencia se diluyen en la cosa europea general, „como es política europea, qué le vamos a hacer“); por donde resulta que la bondad alcanza a los que, previo tributo a mafia o grave riesgo personal, o ambas cosas, aciertan a meterse ilegalmente dentro del castillo, mientras que a los que están fuera y quieren venir legalmente, que los zurzan.

Sería más oportuno que todos, y sobre todo los bondadosos, incluidos los sindicales, se pronunciaran sobre dos cuestiones: hasta dónde se han de abrir nuestras fronteras, y hasta dónde están dispuestos a admitir que la llegada de extraños cambie nuestra cómoda y adquirida pureza social, nuestros modos de vida; que éste es el problema, por ejemplo, que ahora ha lucido en Tarrasa y otros lugares.

Si hemos de admitir a los diferentes, y creo que así es, tenemos que estar dispuestos a perder nuestra pureza, en gran medida. Porque, aunque se asimilen, y eso es posible sólo hasta cierto punto, producirán cambios en el cuerpo asimilador. Y esos dos puntos son los que tenemos que debatir y aceptar. Quizá sea la asignatura más difícil para el futuro: aceptar a los diferentes, y aceptar la contaminación que produzcan.

 

Los pies de Fataumata

MARIO VARGAS LLOSA

EL PAÍS – Domingo 25 julio 1999 - Nº 1178

No conozco a esa señora, pero su exótico nombre, Fataumata Touray, su país de origen, Gambia, y su residencia actual, la catalana ciudad de Banyoles, me bastan para reconstrituir su historia. Una historia vulgar y predecible a más no poder, comparable a la de millones de mujeres como ella, que nacieron en la miseria y probablemente morirán en ella. Sería estúpido llamar trágico a lo que acaba de ocurrirle ¿porque acaso hay algo, en la vida de esta señora, que no merezca ese calificativo teatral? Para Fataumata y sus congéneres morir trágicamente es morir de muerte natural.

No necesito ir al hospital Josep Trueta, de Girona, donde ahora están soldándole las costillas, las muñecas, los huesos y los dientes que se rompió al saltar por una ventana del segundo piso del edificio donde vivía, para divisar su piel color ébano oscuro, su pelo pasa, su nariz chata, sus gruesos labios, esos dientes que fueron blanquísimos antes de quebrarse, sus ojos sin edad y sus grandes pies nudosos, hinchadísimos de tanto caminar.

Son esos enormes pies agrietados, de callos geológicos y uñas violáceas, de empeines con costras y dedos petrificados, lo que yo encuentro más digno de admiración y reverencia en la señora Fataumata Touray. Están andando desde que ella nació, allá, en la remotísima Gambia, un país que muy poca gente sabe dónde está, porque ¿a quién en el mundo le interesa y para qué puede servir saber dónde está Gambia? A esos pies incansables debe el estar todavía viva Fataumata Touray, aunque es dificilísimo averiguar de qué le ha servido hasta ahora semejante proeza. Allá, en el África bárbara, echando a correr a tiempo, esos pies no la salvaron sin duda de la castración femenina que practican en las niñas púberes muchas familias musulmanas, pero sí de alguna fiera, o de plagas, o de esos semidesnudos y tatuados enemigos que, por tener otro dios, hablar en otra lengua, o haber heredado otras costumbres, estaban empeñados en desaparecerla a ella, sus parientes y toda su tribu.

Aquí, en la civilizada España, en la antiquísima Cataluña, esos pies alertas la salvaron de las llamas en que querían achicharrarlos a ella y a buen número de inmigrantes de Gambia, otros enemigos, tatuados también probablemente, y sin duda rapados, y desde luego convencidos, como aquellos salvajes, que Fataumata y su tribu no tienen derecho a la existencia, que el mundo -quiero decir Europa, España, Cataluña, Banyoles- estaría mucho mejor sin su negra presencia. Tengo la absoluta certeza de que, en la vida a salto de mata que lleva desde que nació, Fataumata no se ha preguntado ni una sola vez qué horrendo crimen ha cometido su pequeña, su minúscula tribu ahora en vías de extinción, para haber generado tanta animadversión, para despertar tanta ferocidad homicida en todas partes.

Metiendo mis manos al fuego para que me crean, afirmo que el viaje protagonizado por esos pies formidables desde Gambia hasta Banyoles representa una odisea tan inusitada y temeraria como la de Ulises de Troya a Íthaca (y acaso más humana). Y, también, que lo que dio fuerzas a la mujer encaramada sobre esos peripatéticos pies mientras cruzaba selvas, ríos, montañas, se apretujaba en canoas, sentinas de barcos, en calabozos y pestilentes albergues infestados de ratas, era su voluntad de escapar, no de las flechas, las balas o las enfermedades, sino del hambre. Del hambre vienen huyendo esos pies llagados desde que Fataumata vio la luz (en una hamaca, en un claro del bosque o a orillas de un arroyo), del estómago vacío y los vértigos y calambres que da, de la angustia y la rabia que produce no comer y no poder dar de comer a esos esqueletitos con ojos que en maldita hora parió.

El hambre hace milagros, estimula la imaginación y la inventiva, dispara al ser humano hacia las empresas más audaces. Miles de españoles, que hace cinco siglos pasaban tanta hambre como Fataumata, escaparon de Extremadura, Andalucía, Galicia, Castilla, y realizaron esa violenta epopeya: la conquista y colonización de América. Fantástica hazaña, sin duda, de la que fueron copartícipes, entre muchísimos otros, mis antecesores paternos, los hambrientos Vargas, de la noble y hambrienta tierra de Trujillo. Si hubieran comido y bebido bien, vivido sin incertidumbre sobre el alimento de mañana, no hubieran cruzado el Atlántico en barquitos de juguete, invadido imperios multitudinarios, cruzado los Andes, saqueado mil templos y surcado los ríos de la Amazonía; se hubieran quedado en casita, digiriendo y engordando, adormecidos por la molicie. Quiero decir con esto que la señora Fataumata Touray, a la que quisieron quemar viva en Banyoles por invadir tierras ajenas y tener una piel, una lengua y una religión distintas de las de los nativos, es, aunque a simple vista no lo parezca, una hembra de la raza de los conquistadores.

Hace apenas cuarenta años otra oleada de miles de miles de españoles -no es excesivo suponer que entre ellos figuraban algunos tíos, abuelos y hasta padres de los incendiarios de Banyoles- se esparció por media Europa, ilusionada con la idea de encontrar un trabajo, unos niveles de vida, unos ingresos, que la España pobretona de entonces era (como la Gambia de hoy a Fataumata) incapaz de ofrecerles. En Alemania, en Suiza, en Francia, en Inglaterra, trabajaron duro, sudando la gota gorda y aguantando humillaciones, discriminaciones y desprecios sin cuento, porque eran distintos, los negros de la Europa blanca. Ésa es vieja historia ya. Los españoles ya no necesitan ir a romperse los lomos en las fábricas de la Europa próspera, para que las familias murcianas o andaluzas puedan parar la olla. Ahora cruzan los Pirineos para hacer turismo, negocios, aprender idiomas, seguir cursos y sentirse europeos y modernos. No hay duda que lo son. España ha prosperado muchísimo desde aquellos años en que exportaba seres humanos, como hace ahora Gambia. Y la memoria es tan corta, o tan vil, que un buen número de españoles ya han olvidado lo atroz que es tener hambre, y lo respetable y admirable que es querer escapar de él, cruzando las fronteras, inmigrando a otras tierras, donde sea posible trabajar y comer. Y se dan el lujo de despreciar, discriminar (y hasta querer carbonizar) a esos negros inmigrantes que afean el paisaje urbano.

Lo que Fataumata Touray hacía en Banyoles lo sé perfectamente, sin el más mínimo esfuerzo de imaginación. No estaba allí veraneando, difrutando de las suaves brisas mediterráneas, saboreando los recios manjares de la cocina catalana, ni practicando deportes estivales. Estaba -repito que es la más digna y justa aspiración humana- tratando de llenarse el estómago con el sudor de su frente. Es decir: fregando pisos, recogiendo basuras, cuidando perros, lavando pañales, o vendiendo horquillas, alfileres y colguijos multicolores en las esquinas, ofreciéndose de casa en casa para lo que hubiera menester, a veces ni siquiera por un salario sino por la simple comida. Eso es lo que hacen los inmigrantes cuando carecen de educación e ignoran la lengua: los trabajos embrutecedores y mal pagados que los nativos se niegan a hacer. No debía de irle tan mal a Fataumata en Banyoles, cuando, al igual que un buen número de gambios, se quedó en esa bonita localidad, y puso a sus grandes pies a descansar. ¿Pensaba que había llegado por fin la hora de la tranquilidad, de estarse quieta?

Vaya ilusión. Fataumata lo supo en la madrugada del 19 de julio, cuando, en la vivienda de inmigrantes de la calle de Pere Alsis donde vive, la despertaron las llamas y la sofocación, y sus rápidos pies la hicieron saltar de la tarima y, luego de descubrir que las lenguas de fuego ya se habían comido la escalera -los incendiarios sabían lo que hacían-, la lanzaron por una ventana hacia el vacío. Esos pies le evitaron una muerte atroz. ¿Qué importan esos estropicios que acaso le inutilicen las manos, las piernas e impidan a su boca masticar, si la alternativa era la pira? En cierto sentido, hasta cabría decir que Fataumata es una mujer con suerte.

Esta es una historia banal, en la Europa de finales del segundo milenio, donde intentar quemar vivos a los inmigrantes de pieles o culturas o religiones exóticas -turcos, negros, gitanos, árabes- se va volviendo un deporte de riesgo cada vez más extendido. Se ha practicado en Alemania, en Francia, en Inglaterra, en Italia, en los países nórdicos, y ahora también en España. Alarmarse por ello parece que es de pésimo gusto, una manifestación de paranoia o de siniestras intenciones políticas.

Hay que guardar la serenidad e imitar el ejemplo del alcalde de Banyoles, señor Pere Bosch, y del consejero de Gobernación de la Generalitat, señor Xavier Pomés. Ambos, con una envidiable calma, han negado enfáticamente que lo ocurrido fuera un atentado racista. El señor Pomés ha añadido, con énfasis y poco menos que ofendido: „No se puede hablar de xenofobia en la capital del Pla de l’Estany“. Bien, el prestigio de esa civilizada localidad queda inmaculado. Pero ¿cómo explicamos entonces que, con toda premeditación y alevosía, unas manos prendieran fuego a la vivienda donde dormían Fataumata y sus compatriotas? „A una gamberrada“ (En otras palabras: una travesura, una mataperrada).

Ah, menos mal. Los jóvenes que quisieron convertir en brasas a Fataumata Touray, no son racistas ni xenófobos. Son gamberros. Es decir, muchachos díscolos, traviesos, malcriados. Se aburrían en las noches apacibles de la capital del Pla de l’Estany y quisieron divertirse un poco, intentar algo novedoso y excitante. ¿No es típico de la juventud transgredir la regla, insubordinarse contra las prohibiciones? Se excedieron, desde luego, nadie va a justificar lo que hicieron. Pero tampoco hay que magnificar un episodio en el que ni siquiera hubo muertos. Esta explicación -inspirada en el noble patriotismo, sin duda- tiene un talon de Aquiles. ¿Por qué estos jóvenes enfermos de tedio, nada racistas, no quemaron la casa del alcalde, el señor Pere Bosch? ¿Por qué esos muchachos nada xenófobos no hicieron un raid con su galones de gasolina hacia la vivienda del consejero señor Pomés? ¿Por qué eligieron el cuchitril de Fataumata? Sé muy bien la respuesta: por pura casualidad. O, tal vez: porque las casas de los inmigrantes no son de piedra sino de materiales innobles y arden y chisporrotean muchísimo mejor.

¿Se sentirá aliviada la señora Fataumata Touray con estas explicaciones? ¿Sobrellevará con más ánimo su probable cojera y cicatrices ahora que sabe que sus quemadores no son racistas ni xenófobos, sino unos chiquilines majaderos? Todo es posible en este mundo, hasta eso. Pero, de lo que estoy totalmente seguro es que ella no se quedará a convivir con sus desconocidos incendiarios en la capital del Pla de l’Estany. Que, apenas salga del hospital, sus sabios pies se echarán una vez más a andar, a correr a toda prisa, sin rumbo desconocido, por los peligrosos caminos llenos de fogatas de Europa, cuna y modelo de la civilización occidental.

© Mario Vargas Llosa, 1999. © Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Diario El País, SA, 1999.

 

'Per la concòrdia'

 PEDRO LAÍN ENTRALGO

EL PAÍS - 25 abril 1997 - Nº 357

Con la espléndida biografía de Jesús Pabón y la publicación de sus Memorias, la figura de Cambó ganó hace unos años renovada actualidad. ¿La conserva hoy? Por lo que a tal respecto valga, pienso que acaso no sea impertinente una breve reflexión acerca del texto en que la vida política de Cambó tuvo su canto de cisne, el librito Per la concòrdia, compuesto cuando todo hacía esperar que el general Primo de Rivera, después de su éxito en la bahía de Alhucemas, iba a dar paso a un Gobierno civil y a la normalidad constitucional.

Fue Cambó el tercero de los grandes políticos fracasados, durante el reinado de Alfonso XIII, en la empresa de actualizar y democratizar la vida social y política de España. Maura la intentó desde la derecha, y fracasó. Canalejas fue asesinado cuando la intentaba desde la izquierda. Cambó, en fin, la propugnó desde el proyecto de una España en que el problema catalán y el problema vasco hubiesen sido acertadamente resueltos. No se actualizó y no se democratizó la vida de España, y así, carente de estructura institucional suficiente, el auge de nuestra cultura y nuestra economía, tan considerable en los tres primeros decenios del siglo, no pudo evitar el hundimiento de la Monarquía de Sagunto, y con él la definitiva quiebra de la brillante carrera política de Cambó. Qué contrapuestas emociones traería a su alma la noticia de la proclamación de la República, tal y como se celebró en las calles de Barcelona. Cuando Cambó preparaba para la imprenta Per la concòrdia, ¿era acaso imaginable que las masas catalanistas gritaran contra la Lliga y contra él ante su casa de la Vía Layetana?

Procede el texto de Per la concòrdia, como su autor nos dice, de la conferencia que en enero de 1923, pocos meses antes de iniciarse la Dictadura de Primo de Rivera, dio en la Asociación Catalanista de la Barceloneta. En la plenitud de su vida, Cambó advierte que «las resistencias y prevenciones de Madrid y las inquietudes e impaciencias de Barcelona» hacen por el momento imposible «una solución española, de efusiva concordia, al problema de Cataluña», y decide retirarse de la política. Fuera cual fuese el alcance real de ese propósito, a cumplirlo iba a obligarle la política del Directorio militar, con su pronta decisión de aniquilar el catalanismo. Pero pasan los años, y como respuesta al anticatalanismo de la Dictadura, todo lo que en el catalanismo no era acción política -el cultivo de la lengua materna, el amor a las formas de vida y al paisaje de Cataluña, todo lo que la consigna Catalunya endius llevaba en su seno- gana rápidamente intensidad y hondura. Por otra parte, día a día es más evidente que el prestigio popular de la Dictadura declina a ojos vistas. Previendo, pues, el fuerte renacimiento del nacionalismo catalán que esa torpe represión había de engendrar, Cambó piensa que muy pronto va a llegar una nueva y más favorable ocasión para el triunfo de su viejo proyecto y decide proclamarlo otra vez ante los castellanos y los catalanes que van a dar forma y contenido a la ya próxima situación de la vida española. Desde el catalanismo, la misma actitud y el mismo ánimo de Ortega, a los 10 años de su decisión de apartarse de la acción política; el Ortega que en 1926 escribía: «La coyuntura es inmejorable para intentar una gran restauración de España. ¿Por qué las generaciones del presente no han de reunirse en torno al propósito de construir una España ejemplar, forjando una nación magnífica del pueblo decaído y chabacano que nos fue legado? ¡Jóvenes, vamos a ello!». No es puro azar que Cambó apoye en las reflexiones de España invertebrada una parte de su propuesta de reforma y conciliación.

Nos dicen los analistas del alma catalana que en sus manifestaciones colectivas ésta oscila entre el seny y la rauxa, y entre el pactisme y el tot o res. Pues bien: Cambó, catalán en cuya indudable genialidad personal y en cuyo no menos indudable cosmopolitismo tan profundamente alentaban el payés del Ampurdán y el burgués de Barcelona, supo como político inclinarse resueltamente hacia los dos primeros términos de esa doble oposición: hacia el seny, porque así lo exigía su firme atenimiento a la realidad; hacia el pactisme, porque, tras la batalla de Muret y el tratado de Corbeil, el destino histórico de los catalanoaragoneses no podía ser otro que su integración en la Península y su participación, rivalizando con Castilla, en el proceso medieval de su unificación política. Un seny y un pactisme, eso sí, que dejen a salvo la fuerza, la cultura y el espíritu de Cataluña.

La concordia que propone Cambó se mueve entre dos torpes extremos: el asimilismo de tantos españoles -el deseo de que España sea uniforme- y el separatismo de los catalanes -no muchos, en opinión de Cambó- que aspiran a la independencia política de su país. Entre la España asimilista y la Cataluña independentista, ¿qué cabe hacer? Dos cosas, piensa Cambó. Una previa: mostrar cómo la práctica del asimilismo sólo ha conducido y sólo conducirá a la progresiva intensificación del sentimiento catalanista y al deterioro de las posibilidades históricas de España, y cómo el independentismo es históricamente imposible y sería ruinoso para Cataluña. Otra consecutiva: idear un proyecto de concordia entre la España castellanizada y la España catalana, y convencer a castellanos y catalanes de la viabilidad y la conveniencia de ese pacto, único expediente para dar a España la Constitución que su pueblo viene pidiendo desde la extinción del Antiguo Régimen.

No es fácil lograr esa salvadora solución, y Cambó lo sabe. Muchos son los escollos que hay que allanar y los recelos que es preciso deshacer. Así lo viene viendo y palpando desde el atentado que sufrió en 1907. ¿Cómo avanzar, pues, hacia la meta deseada? Desde luego, mediante la acción política. Mas, para que ésta sea resueltamente eficaz, dos son los principales recursos en que Cambó confía: la acción concorde de los intelectuales castellanos y catalanes, en tanto que titulares de la denuncia de lo injusto y de la imaginación de lo verdadero, y la autoridad de una Monarquía que quiera serlo de todos los españoles.

«Un rey que pusiera la fuerza de su prestigio tradicional enfrente del espíritu asimilista castellano -escribe Cambó-, haría incluso fácil la solución del problema de Cataluña... Por este convencimiento creí que una Monarquía podría ser más eficaz que una República para la resolución armónica del pleito de Cataluña». Pero, añade, «tengo que confesar que mi intento de asociar la Monarquía a la gran obra de la solución armónica del problema catalán no fue precisamente acompañado por la fortuna». Añorando las perspectivas abiertas por la primera visita de Alfonso XIII a Barcelona, ha escrito poco antes: «Fijémonos solamente en las resistencias que habrían desaparecido... de haber tenido cumplimiento la promesa real hecha en 1904, de que el monarca al volver a Cataluña hablaría en catalán».

Setenta años han pasado desde que Cambó daba forma definitiva al texto de Per la concòrdia. En el actual nivel de la historia de España, ¿qué pensar de ese proyecto de vida española?

Poco tiempo después de la publicación de ese texto, advenía nuestra segunda República. El nuevo catalanismo, hondamente republicano, no perdonó a Cambó su leal servicio de catalán a la Monarquía de Alfonso XIII, y de ahí aquel ¡Mori Cambó! que el 14 de abril resonó en la Vía Layetana. Luego, el primer Estatuto y la desdichada aventura del 6 de octubre. A continuación, el sangriento tajo que la guerra civil infligió al catalanismo, y con él, otra vez, la callada vigencia del Catalunya endins y la renovada eclosión política de aquél, tras la muerte del general Franco. Acto seguido, la llegada a Barcelona, no por Prats de Molló, sino por la Zarzuela, del President de la Generalitat en el exilio, y la promulgación de una nueva Constitución y un nuevo Estatuto.

Volvamos ahora a nuestro punto de partida. «Las bases esenciales de la concordia -escribe Cambó, resumiendo su pensamiento- son dos: la consagración de la unidad de Cataluña mediante la creación de organismos centrales que engloben directamente todo el territorio catalán y el reconocimiento de que la lengua catalana es la lengua propia de los catalanes». Afirmación que el seny y el pactisme de su autor matizaba así: «Y en cuanto a la determinación de las facultades que se han de atribuir a los poderes catalanes, puede y debe ofrecer Cataluña margen amplísimo a la transacción». Repetiré mi pregunta: en este nivel de nuestra historia, ¿qué debemos pensar acerca de lo que Cambó nos propuso?

Debo decir ante todo que, salvadas posibles y resolubles discrepancias respecto de esa determinación de facultades, y pensando que en su seno llevaba implícito el reconocimiento de los irrenunciables derechos de la lengua castellana, tal propuesta me parece más que plausible. Creo, en consecuencia, que su aceptación -y, con ella, la reforma de nuestra vida colectiva que en 1914 formuló Ortega- habría iniciado una nueva y fecunda etapa en nuestra historia. Por desgracia, ni la propuesta de Cambó ni la de Ortega fueron aceptadas, y la ulterior historia de España fue la que de hecho ha sido.

¿Son aceptadas hoy? En el orden de los deseos, sin duda. En el orden de los hechos, todavía no. Es forzoso reconocer que el buen funcionamiento del llamado «Estado de las Autonomías» -al que también pertenece la Administración central- no está tan cerca como muchos quisiéramos. Algo es preciso decir, sin embargo, si no queremos apartarnos de los planteamientos de Cambó. Éste exigía la acción de los intelectuales y el comportamiento del monarca; y es lo cierto que, salvo excepciones, en la línea de Per la concòrdia se mueven hoy no pocos intelectuales castellanos y catalanes, y que en catalán quiso hablar el monarca actual en el primero de sus viajes oficiales a Cataluña.

«La ascensión de un pueblo -nos dice Cambó- sólo de un gran ideal colectivo puede provenirle». Y pensando en el suyo, agrega: «¿Acaso sueña alguien con que este ideal sea la política asimilista, fracasada después de cuatro siglos de actuación? ¿Es que alguien quiere que España puede invertir otra centuria en luchas interiores? Yo no puedo admitir que, en España, la inconsciencia pueda ser general y pueda ser eterna». Si fuese así, añado yo, acaso no termine el siglo XXI sin que algún historiador escriba, como quien escribe un epitafio: Hispania fuit.

 

La prosa de la vida

 ANTONIO MUÑOZ MOLINA

EL PAÍS - 26 febrero 1997 - Nº 299

Sólo ha existido un Miguel de Cervantes en la literatura del mundo, pero en compensación proliferan los Cervantes conjeturales o apócrifos, los Cervantes tergiversados o caricaturizados para que se ajusten a los propósitos de cada erudito cervantino, de cada literato que reclame su herencia o reniegue de él ejerciendo esa variedad tan española de la audacia intelectual que consiste en la irreverencia analfabeta. De la vida del verdadero Cervantes, a quien Jean Canavaggio dedicó una hermosa biografía, casi lo único que se sabe con certeza es que osciló entre la mediocridad y la desgracia, y que lo más común en ella fue el fracaso.

La posteridad ha igualado engañosamente a Cervantes y a Shakespeare, pero Shakespeare, que es también sobre todo un fantasma, disfrutó en vida la prosperidad y el reconocimiento, y al final de ella se retiró dignamente como un hacendado local, convirtiéndose enseguida, después de su muerte, en el héroe indisputado de las letras inglesas, objeto de un culto civil que no se ha amortiguado en los últimos siglos y que aún hoy sigue vivificando la literatura, el teatro y hasta el cine hechos en ese idioma.

A Cervantes lo persigue en la vida y en la muerte eso que llama Borges «la sombra de haber sido un desgraciado». En su letanía de nuestro señor don Quijote Rubén Darío quiso rescatar al hidalgo de la polvorienta conspiración de eruditos y perpetradores de discursos patrióticos y catafalcos mortuorios que se había ido apoderando de él, pero a Miguel de Cervantes nunca parece que lo rescate nadie de las cárceles sucesivas en que lo quieren encerrar, de las identidades adversas entre sí que casi todo el mundo se siente autorizado a atribuirle. Hasta hace no mucho, a mí el Cervantes que más me irritaba era el de Miguel de Unamuno, ese «ingenio lego», para usar sus palabras, que habría escrito el Quijote sin darse cuenta de su verdadero significado, un poco por casualidad, o como resultado de una iluminación de la que él nunca fue consciente. A Unamuno, hablando de Cervantes, se le nota mucho que se considera por encima de él, como debía de considerarse por encima de prácticamente todo el mundo, y parece que le indigna que el Quijote, en vez de ocurrírsele a él mismo, como hubiera sido de justicia, lo hubiera inventado unos siglos antes aquel individuo indocto que carecía de la capacidad intelectual suficiente para comprender su grandeza (la grandeza de los dos, la de Don Quijote y la de Unamuno, por supuesto).

Yo no sé en qué medida es más próximo a la realidad el Cervantes humanista y judío de don Américo Castro, pero desde luego se corresponde más con el tono de sutileza esquinada y de ironía del Quijote, y tiene la virtud de convertirse para algunos de nosotros en un compatriota lejano de desarraigos y melancolías españolas. Hace unas semanas, en este periódico, se publicaba un censo de los nuevos Cervantes posibles, de las últimas modas en la invención, la conjetura o la simple falsificación del secreto de su vida, y una vez más podía observarse la plasticidad inagotable de la figura de ese hombre del que es posible que ni siquiera sepamos cómo fue su cara, porque tampoco hay certezas sobre ninguno de los retratos posibles que se le atribuyen. Esa cara que nadie conoce de verdad se vuelve un espejo vacío en el que cualquiera puede verse. Cuando Juan Goytisolo habla de un Cervantes heroico, perseguido y marginal, uno comprende que a quien está viendo es a sí mismo, igual que cuando Javier Marías describe un Cervantes desde luego más verosímil, pero nada ajeno a la figura de escritor con la que el propio Marías se identifica.

Casi cualquier retrato de Cervantes tiende a ser un autorretrato imaginario: el Cervantes disidente y arisco de Goytisolo, el Cervantes judío y erasmista de Américo Castro, el Cervantes lejano al humorismo español y a la claustrofobia española de Javier Marías. No me detengo, desde luego, en los Cervantes más a la última moda universitaria norteamericana, el Cervantes explotador de sus hermanas de la crítica feminista y el Cervantes gay de Rosa Rossi, tan jovialmente vindicado por Fernando Arrabal, que aún cree, algo achacosamente, en las provocaciones que le dieron tanto éxito en Francia en tiempos ya lejanos, y que debe de estar convencido de que aún queda quien se escandalice ante la hipótesis de un Cervantes homosexual.

Buñuel contaba que en los años sesenta había tenido un encuentro lúgubre con su antiguo amigo y colega surrealista André Breton, los dos ya viejos, aburridos, glorificados, y que Breton le había dicho tristemente: «Luis, el escándalo ha muerto». El escándalo es ahora una cosa que se estudia en Bellas Artes y en los departamentos universitarios, y que suele recibir subvenciones de las diputaciones provinciales y las consejerías de Cultura, así que Fernando Arrabal ha debido de descubrir con sorpresa que a nadie le escandaliza y ni siquiera le llama la atención que Cervantes pudiera amar a los hombres en lugar de a las mujeres.

Cristiano viejo o judío, homosexual o no, erasmista o contrarreformista, Cervantes se nos escapa siempre con esa ligereza con que aparecen y desaparecen algunos de sus personajes, y lo que nos queda indiscutiblemente de él, aparte de unos pocos documentos oscuros, es la evidencia de una literatura que tiene desde hace cuatro siglos la infatigable virtud de darle a cada lector lo que estaba buscando, de entristecer y provocar la risa, de revelar en su trama los hilos de casi todas las vidas y las experiencias posibles. El profesor Francisco Rico, que sabe tanto de Cervantes y de ese otro fantasma aún más hermético que es el autor del Lazarillo, lo ha explicado hace unos días con toda claridad: la grandeza de Cervantes está en haber salvado a la novela de la prisión retórica de la literatura, entregándola al reino de la lengua hablada, es decir, a la prosa de la vida. Juan de Mairena se quejaba justo de eso, de la ausencia del aliento del habla en la literatura española. Sin duda desconoceremos siempre la cara de Cervantes, y no podremos reconstruir lo más hondo de su biografía, pero hay algo de lo que sí estamos seguros: la voz que nos habla en el Quijote es la suya.

 

Illinois

EL PAÍS – Sábado 15 enero 2000 - Nº 1352

 VICENTE VERDÚ

Todo el mundo sabe que los norteamericanos, más que otros occidentales, carecen de una información cabal sobre el resto del mundo. Entre las preguntas que suelen atender los estudiantes españoles en las high school se encuentra la cuestión de si en España existen pizzas, pero también si hay coches o si se ven pájaros. La última interrogación, no obstante, que ha recibido un muchacho de Madrid que fue a estudiar a Elgin (Illinois) es de una envergadura netamente superior. Un compañero de clase le ha preguntado si los españoles sueñan.

A primera vista, parece que los norteamericanos, tan familiares en los medios de comunicación, apenas difieren mucho de nosotros, pero ellos, que no ven nuestro cine, ni tampoco los telefilmes españoles, ni casi nada de todo eso, poseen una medida muy distinta de las diferencias. No sólo sospechan que las costumbres, los alimentos o los aparatos son diferentes aquí, sino que hasta los atributos del ser componen surtidos de distinta calidad y especie.

En general, en una visión popular, la gente de Estados Unidos considera a la totalidad del planeta que no pertenece a su nación como un sub-Estados Unidos. Europa incluso no pasa de presentarse ante la observación norteamericana como una sección elegante, dentro del Tercer Mundo. De ahí que refiriéndose a algo especial como el sueño, les sea posible sospechar que, en pleno subdesarrollo, podría no haberse generado todavía.

En realidad, acaso nunca un estudiante de la high school norteamericana podría ser más coherente con su formación.  De acuerdo con la lógica industrial de su cultura, tendente a pensar que los pollos o las naranjas son objetos “fabricados”, los seres humanos poseerían más o menos prestaciones según el nivel de su desarrollo material.

A menos desarrollo económico, menos recursos físicos y mentales; a menos desarrollo material, menos multimillonarios; pero también menos medallas en los Juegos Olímpicos, menos premios Nobel, menos viajes al espacio y menos oscars de Hollywood. ¿Qué tendría de raro, por tanto, que, ocupando un escalón tecnológico aún bajo, no se conociera hasta el momento la exquisita posibilidad de soñar?

 

Dios

VICENTE VERDÚ

EL PAÍS - 17 mayo 1997 - Nº 379

Una consternación adicional cuando estaba llegando a China fue ésta: iba a aterrizar en un país ateo. No descreído como efecto de la civilización, sino fundado sobre un solar sin Dios. De súbito emergía una vastísima extensión sin metafísica, exonerada de pecados, despejada del Juicio Final. Todo lo susceptible de suceder ocurriría en esa tierra y con ello los chinos igualan su existencia a su destino, son felices en la certeza de la finitud y ligeros como seres que pueden gozar sin temor al castigo o matarse sin rendir cuentas a ningún Creador.

Regreso de China y el primer libro que abro aquí es uno, recién publicado, de Harold Bloom. Bloom ganó fama con una obra de crítica literaria , El canon occidental, pero lo que se edita ahora es un volumen de contenido religioso titulado Presagios del milenio, siendo estos presagios -entre vuelos de ángeles y visiones de resurrección- una invitación al Dios interior. «Si te buscas a ti mismo fuera de ti mismo, entonces sólo hallarás el desastre», dice Bloom. Más que un dios planeando en las alturas, engolado, eterno y superior, Bloom enaltece el pensamiento gnóstico que invita a bucear en sí mismo y hallar adentro un dios menudo y mortal.

El mundo da la vuelta sobre su eje cada milenio. Traza un giro por el cual la fe se remueve en su almirez, y los musulmanes, de paso, vitorean al Papa en Líbano, los ateos confucianos se juntan con los budistas, los cristianos norteamericanos se vuelven panteístas y los europeos se aficionan al taoísmo en París. La globalización del mundo incluye la globalización de Dios disipado en mil rostros ateos y para cuyo encuentro no se necesita en absoluto viajar al más allá. Todo está definitivamente aquí, en el hipermercado espiritual del mundo, al lado mismo de los demás hipermercados abiertos para recrearse o subsistir.

 

„Katalanes“

PATXO UNZUETA

 El PNV y CiU son las dos formaciones con un mayor índice de compatibilidad, según un estudio sobre estabilidad de las coaliciones que acaban de realizar dos profesores de la Universidad del País Vasco. Compatibilidad teórica: el domingo, Iñaki Anasagasti aludía a la «rabieta de Pujol, que no resiste que nuestro Estatuto sea mejor que el suyo». Sobre todo por el Concierto Económico, no reclamado en su día por los catalanes «por considerarlo una antigualla».

La desconfianza viene de lejos. En 1894, la revista catalanista „La veu de Catalunya“ había publicado un artículo sobre el incipiente nacionalismo vasco en el que se abogaba por que un día «euskerianos, valencianos, baleares y gallegos (además de catalanes) podamos entonar el venturoso himno triunfal, cada cual en su lengua madre y unidos todos con el noble espíritu de la grandeza de nuestra patria natural y de la grandeza de una España de pueblos hermanados por el interés común y por el mutuo respeto a la manera de ser de cada uno». En una airada respuesta, publicada en „Bizkaitarra,“ Sabino Arana rechazaba cualquier paralelismo, y expresamente la posibilidad de una alianza «entre los catalanes y los bizkainos» ya que «Cataluña padece por la ingratitud de su propia madre España, mientras que Bizkaya es presa de una nación extraña que es precisamente la patria común de los catalanes, baleares, gallegos, valencianos, etc». La conclusión era que así como «la política catalana consiste en atraer a sí a los demás españoles», la vasca «en rechazar de sí a los españoles como extranjeros».

Hace años que el nacionalismo vasco renunció -con algunas recaídas esporádicas en la craneometría- a políticas de limpieza étnica, pero siempre se han mantenido las distancias con el nacionalismo catalán. La inversa no es cierta: desde la admiración de Mañe y Flaquer por el «oasis foral» vasco, pasando por los viajes de Cambó a Bilbao para intentar convencerles de las ventajas de la autonomía, el catalanismo siempre ha intentado hacer frente común con los nacionalistas vascos. En 1978, la minoría catalana apoyó la constitucionalización de los derechos históricos de los territorios forales, así como su derivación más concreta, el Concierto económico. El PNV hacía depender su apoyo a la Constitución del reconocimiento de esos derechos, y se consideraba suicida, desde el punto de vista de la pacificación, dejar al nacionalismo democrático vasco fuera del consenso.

Sin embargo, en una entrevista publicada recientemente -en el número 12 de Memoria de la Transición, de EL PAÍS-, Arzalluz afirma, sorprendentemente, que la marginación del PNV de la ponencia constitucional le vino bien para poder jugar «todas mis bazas» y reconoce que su partido en ningún momento pensó seriamente en aprobar la Constitución, con o sin enmienda foral, porque ello sería reconocer una soberanía diferente a la vasca.

Quien fuera principal negociador de esa enmienda, Mitxel Unzueta, publicaba el domingo un artículo titulado Zorionak (Felicidades), Catalunya en el que elogiaba la clarividencia de Pujol para captar que «hemos entrado en los tiempos de la cultura de los pactos y las soberanías compartidas» y su apuesta «no por romper el Estado, sino por cambiarlo» de manera que responda a «su carácter plurinacional». Unzueta mostraba su admiración por el carácter «tremendamente operativo» del catalanismo y por su voluntad integradora, que hace que «hasta quienes dicen no ser nacionalistas estén en el fondo encantados con las realizaciones de los nacionalistas». De ahí su fuerza, concluía.

¿Y Pujol? En una entrevista aparecida en „La Vanguardia“ dijo no hace mucho que en España existe «animadversión contra Cataluña», mientras que «el español medio se ha sentido tradicionalmente muy cercano al estereotipo vasco». Según una encuesta realizada en 1994 por el CIS los catalanes se consideran de acuerdo con el estereotipo que los cataloga ante todo como interesados, mientras que los vascos se identifican con el que los considera sobre todo nobles. Sin embargo, según el programa electoral de CiU, los recursos de que dispuso Cataluña en 1994 apenas superaron las 100.000 pesetas por persona, mientras que la cifra fue en las comunidades forales de 229.000 pesetas. ¿Será esa ventaja un síntoma de la catalanización del nacionalismo vasco que temía Arana?

© Copyright DIARIO EL PAIS, S.A. -  Jueves 9 de mayo de 1996

 

Gabriel García Márquez sobre la persona de Clinton

EL PAÍS DIGITAL – Domingo 24 enero 1999 - Nº 996

  El Nobel colombiano ofrece su visión personal de Clinton antes y después del ‘caso Lewinsky’

Gabriel García Márquez inaugura su vuelta al periodismo activo con este artículo sobre el presidente de Estados Unidos, inmerso actualmente en el juicio abierto en el Senado por el escándalo Lewinsky.

El Nobel de Literatura rememora sus encuentros con Clinton, en agosto de 1995 y el pasado octubre, para subrayar el poder de seducción y la inteligencia de un político que ha sido sometido a una formidable campaña de destrucción personal. Una „siniestra confabulación“ de fanáticos fundamentalistas que, incapaces de soportar la grandeza de su adversario, le han llegado a negar el derecho a declarar contra sí mismo y a preservar „esa instancia mítica del ser humano que es su vida privada“.

GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ

Lo primero que llama la atención de William Jefferson Clinton es su estatura: un metro con ochenta y siete centímetros. Lo segundo es un poder de seducción que infunde desde el primer saludo una confianza de viejo conocido. Lo tercero es el fulgor de su inteligencia, que permite hablarle de cualquier asunto, por espinoso que sea, siempre que se le sepa plantear. Sin embargo, alguien que no le quiere me previno:

„Lo peligroso de esas virtudes es que Clinton las usa para que crean que nada le interesa tanto como lo que uno le dice“.

Lo conocí en una cena que el escritor William Styron ofreció en su casa veraniega de Marta’s Vineyard en agosto de 1995.  Clinton había dicho en la primera campaña presidencial que su libro favorito era Cien años de soledad. Yo dije y se publicó en su momento que aquella frase me parecía una simple carnada para el electorado latino. Él no lo pasó por alto: lo primero que me dijo después de saludarme en Marta’s Vineyard fue que su declaración había sido sincera.

Carlos Fuentes y yo tenemos razones para pensar que aquella noche vivimos un buen capítulo de nuestras memorias. Clinton nos desarmó desde el principio con el interés, el respeto y el sentido del humor con que trató cada una de nuestras palabras como si fueran oro en polvo. Su talante correspondía a su aspecto. Tenía el cabello cortado como un cepillo, la piel curtida y la salud casi insolente de un marinero en tierra, y llevaba una sudadera pueril con un crucigrama estampado en el pecho. Era, a sus cuarenta y nueve años, un sobreviviente glorioso de la generación del 68, que había fumado marihuana, cantaba de memoria a los Beatles y protestaba en las calles contra la guerra de Vietnam.

La cena empezó a las ocho y terminó a la media noche, con unos catorce invitados a la mesa, pero la conversación se redujo poco a poco a una suerte de torneo literario entre el presidente y los tres escritores. El primer tema fue la inminente reunión de la Cumbre de las Américas. Clinton quería que fuera en Miami, como lo fue en realidad. Carlos Fuentes pensaba que Nueva Orleans o Los Angeles tenían más créditos históricos, y él y yo los defendimos a fondo, hasta que se vio claro que el presidente no cambiaría de idea porque contaba con Miami para la reelección.

„Olvídese de los votos, señor presidente“, le dijo Carlos Fuentes. „Pierda la Florida y gánese la historia“.

La frase marcó el tono. Cuando hablamos del narcotráfico el presidente oyó mi opinión con oídos benévolos: „Los treinta millones de drogadictos de los Estados Unidos demuestran que las mafias norteamericanas son muchos más poderosas que las de Colombia y mucho más corruptas sus autoridades“. 

Cuando le hablé de las relaciones con Cuba pareció aún más receptivo: „Si Fidel y usted pudieran sentarse a discutir cara a cara no quedaría ningún problema pendiente“. Cuando hicimos un repaso espectral de América Latina supimos que su interés era mucho mayor de lo que suponíamos pero le faltaban datos esenciales. Cuando la charla amenazó con volverse demasiado formal le preguntamos por su película favorita y contestó que era High Noon (Solo ante el peligro), de Fred Zinnemann, a quien había condecorado días antes en Londres. Cuando le preguntamos qué estaba leyendo lanzó un suspiro de alivio y mencionó un libro sobre las guerras económicas del futuro, cuyo título y autor no reconocí. „Mejor lea el Quijote“, le dije. „Ahí está todo“.

La verdad es que ese libro único no se lee tanto como se dice, pero muy pocos admiten que no lo han leído. Clinton demostró con dos o tres frases que lo conocía muy bien. Entusiasmado, nos preguntó por nuestros libros preferidos. Styron le contestó que el suyo era Huckleberry Finn de Mark Twain. Yo hubiera escogido Edipo rey de Sófocles, que es mi libro de cabecera desde los veinte años, pero preferí El Conde de Montecristo, sólo por razones técnicas que me costó mucho explicar.  Clinton dijo que el suyo eran las Meditaciones de Marco Aurelio, y Carlos Fuentes no vaciló por Absalón Absalón, sin duda alguna la novela estelar de William Faulkner, aunque otros preferimos Luz de agosto por gustos personales. 

Clinton, como homenaje a Faulkner, se puso entonces de pie y con largas zancadas alrededor de la mesa recitó de memoria el monólogo de Benji, que son las páginas más asombrosas pero también las más herméticas de El sonido y la furia.  Faulkner nos llevó a preguntarnos una vez más sobre las afinidades entre los escritores del Caribe y la pléyade de grandes novelistas del sur de los Estados Unidos. Nos parecieron más que lógicas, si tomábamos en cuenta que el Caribe no es en realidad un área geográfica, circunscrita al mar, sino un espacio histórico y cultural mucho más vasto, que abarca desde el norte del Brasil hasta la cuenca del Misisipí.  Mark Twain, William Faulkner, John Steinbeck, y tantos otros, serían entonces tan caribes por derecho propio como Jorge Amado y Derek Walcott. Clinton –nacido y formado en la sureña Arkansas– celebró la ocurrencia y proclamó con alegría su propia filiación caribe.

Entonces iban a ser las doce de la noche, y tuvo que interrumpir la charla para contestar una llamada urgente de Gerry Adams, a quien autorizó desde aquel momento para recaudar fondos y hacer campaña en los Estados Unidos a favor de la paz en Irlanda del Norte. Éste debió de ser el final histórico para una noche inolvidable, pero Carlos Fuentes lo llevó más lejos cuando le preguntó al presidente a quiénes consideraba sus enemigos. La respuesta fue inmediata y brutal: „Mi único enemigo es el fundamentalismo religioso de derecha“.

Dicho esto concluyó la cena. Las otras veces que lo vi, en privado o en público, me dejó la misma impresión que la primera: Bill Clinton era todo lo contrario de la idea que los latinoamericanos tenemos sobre los presidentes de los Estados Unidos.

Ahora bien: ¿sería justo que este raro ejemplar de la especie humana tuviera que malversar su destino histórico sólo porque no encontró un rincón seguro donde hacer el amor?

Pues ése es el caso: el hombre con más poder sobre la tierra no ha logrado consumar sus ardores secretos por el estorbo invisible de un servicio de seguridad que sirve mejor para impedir que para proteger. No hay cortinas en las ventanas de la Oficina Oval ni un cerrojo de caridad en el baño reservado a las obras mayores del presidente. El florero que se ve a sus espaldas en las fotografías de su escritorio ha sido denunciado por la prensa como un escondite de micrófonos para consagrar en documentos de estado los misterios de las audiencias. Más triste, sin embargo, es que el presidente sólo quiso hacer algo que el común de los hombres han hecho a escondidas de sus mujeres desde el principio del mundo, y la estolidez puritana no sólo impidió que lo hiciera sino que le negó hasta el derecho de negarlo.

La literatura de ficción la inventó Jonás cuando convenció a su mujer de que había vuelto a casa con tres días de retraso porque se lo había tragado una ballena. Amparado en esa argucia atávica, Clinton negó ante la justicia que hubiera tenido alguna relación sexual con Mónica Lewinsky, y lo negó con la cabeza en alto, como todo infiel que se respete. A fin de cuentas, su drama personal es un asunto doméstico entre él y Hillary, y ésta lo ha respaldado ante el mundo con una dignidad homérica.

Perfecto: una cosa es mentir para engañar y otra bien distinta es ocultar verdades para preservar esa instancia mítica del ser humano que es su vida privada. Con todo derecho: nadie está obligado a declarar contra sí mismo. De haber persistido en la negativa inicial, a Clinton lo habrían procesado de todos modos –pues de eso se trataba– pero es mucho más digno ser perjuro en defensa del fuero interno que ser absuelto contra el amor. Por desgracia, con la misma determinación con que negó la culpa la admitió más tarde, y siguió admitiéndola por todos los medios impresos, visuales y hablados hasta la humillación. Error mortal de un amante inconcluso cuya vida secreta no pasará a la historia por haber hecho mal el amor sino por haberlo vuelto todavía menos eterno de lo que suele ser. Llegó hasta el escarnio de someterse al sexo oral mientras hablaba por teléfono con un senador. Se suplantó a sí mismo con un cigarro frígido. Apeló a toda clase de artificios elusivos para burlar a natura, pero cuanto más lo intentaba más motivos contra él encontraban sus inquisidores, pues el puritanismo es un vicio insaciable que se alimenta de su propia mierda. Ha sido una vasta y siniestra confabulación de fanáticos para la destrucción personal de un adversario político cuya grandeza no podían soportar. Y el método fue la utilización criminal de la justicia por un fiscal fundamentalista llamado Kenneth Starr, cuyos interrogatorios encarnizados y salaces parecían excitarlos hasta el orgasmo.

El Bill Clinton que encontramos hace cuatro meses en la cena de gala que ofreció al presidente Andrés Pastrana en la Casa Blanca, era un hombre distinto. Ya no era el universitario desprejuiciado de Marta’s Vineyard, sino un convicto enflaquecido e incierto, que no lograba disimular con una sonrisa profesional el mismo cansancio orgánico que destruye a los aviones: la fatiga del metal.

Días antes, en una cena de periodistas con la señora Katherine Graham, la dama de oro del Washington Post, alguien había dicho que a juzgar por el juicio de Clinton los Estados Unidos seguían siendo el país de Nathaniel Hawthorne. Aquella noche en la Casa Blanca lo entendí en carne viva. Se referían al gran novelista norteamericano del siglo anterior, que denunció en su obra los horrores del fundamentalismo en la Nueva Inglaterra, donde quemaron vivas a las brujas de Salem. Su novela capital, La letra escarlata, es el drama de Hester Pryme, una joven casada que tuvo un hijo secreto de un hombre que no era el suyo.

Un Kenneth Starr de la época le impuso el castigo de llevar de por vida una camisa de penitente con la letra A del código puritano con el color y el olor de la sangre. Un agente del orden la seguía a todas partes con un tambor batiente para que los transeúntes se apartaran a su paso. El desenlace, por cierto, podría quitarle el sueño al fiscal Starr, pues el padre clandestino de la hija de Hester resultó ser el ministro del culto que la martirizó hasta la muerte.

La técnica y la moral del procedimiento fueron en esencia las mismas. Cuando los enemigos de Clinton no encontraron méritos para juzgarlo por lo que querían, lo acosaron con interrogatorios minados hasta que lo pillaron por aquí y por allá en trampas secundarias. Entonces lo forzaron a acusarse en público a sí mismo, y a arrepentirse incluso de lo que no había hecho, en vivo y en directo, a través de una tecnología de la información universal que no es más que la versión trimilenaria de los tambores persecutorios de Hester Prynne. 

Por las preguntas del fiscal, capciosas y concupiscentes, hasta los niños de pecho se enteraron de las mentiras que sus padres les contaban para que no supieran cómo los habían hecho.  Vencido por la fatiga del metal, Clinton llegó hasta la locura imperdonable de castigar a sangre y fuego a un enemigo inventado a cinco mil trescientas noventa y siete millas náuticas de la Casa Blanca, sólo para desviar la atención de su desgracia personal. Tony Morrison, Premio Nobel de Literatura y gran escritora de este siglo agonizante, lo resumió con una plumada genial: „Lo trataron como a un presidente negro“.

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